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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 73

El anciano, al ver que su hijo y su nuera le estaban diciendo cómo doblegarse ante Almendra, se enfadó tanto que ni siquiera terminó de desayunar.

—Está bien, está bien. Todo es mi culpa, ¿contentos?

Dicho esto, se levantó y se fue.

Betina bajó la cabeza, fingiendo culpabilidad.

—Perdón, papá, mamá. Todo esto es por mi culpa. Si mi hermana y yo no hubiéramos sido cambiadas al nacer, nada de esto estaría pasando.

Frida la consoló de inmediato.

—Betina, ¿cómo va a ser tu culpa? Tu abuelo siempre ha sido muy orgulloso, y tu hermana es de esas personas que parecen frías pero tienen un gran corazón. Por eso chocan. Ya verás que tu abuelo entrará en razón.

Betina asintió dócilmente, con la mirada baja.

—Sí, tarde o temprano lo entenderá.

Pero por dentro pensaba otra cosa. Ojalá su abuelo y Almendra siguieran peleados para siempre. Eso le convenía. Si su abuelo también se ponía del lado de Almendra, ¿qué sería de ella?

***

Ese día, Almendra no usó la moto. En su lugar, eligió el deportivo más barato del garaje, que para cualquier otra persona seguiría siendo un auto de lujo.

Llegó a la dirección de la empresa y levantó la vista hacia el edificio de más de diez pisos. Enarcó una ceja. Había pensado que sus padres le habían dado una pequeña empresa para que «jugara», pero aquello no parecía pequeño en absoluto. Era, como mínimo, una empresa mediana.

Entró al vestíbulo y vio unas letras doradas en la recepción: «Textil Velox, S.A.».

Las dos recepcionistas, vestidas con uniforme, estaban riendo entre ellas. La vieron llegar, le echaron un vistazo rápido y siguieron con su plática y sus celulares, ignorándola por completo.

Almendra se acercó.

—¿No es horario de trabajo?

Una de ellas la miró con fastidio y le soltó un bufido.

—¿No deberían preguntarme para qué lo busco? Podría ser por trabajo.

Al oír eso, las dos se echaron a reír.

—¿Tú, hablando de trabajo con nuestro Uriel? Si pareces de prepa. ¿Qué trabajo vas a tratar? Deja de inventar pretextos y lárgate.

—¿Qué está pasando aquí? —se oyó una voz desde la entrada.

Las dos recepcionistas cambiaron de actitud al instante, volviéndose sumisas y respetuosas.

—Señora, bienvenida. No es nada, solo una persona que se equivocó de lugar.

Su tono y su expresión no tenían nada que ver con la actitud negligente de hacía un momento.

Almendra se giró y vio a una mujer de aspecto adinerado y elegante. Llevaba un sofisticado vestido verde oscuro, un modelo exclusivo de CASA ALMA, gafas de sol y un bolso Louis Vuitton. Caminaba con la cabeza en alto, como si fuera la dueña del mundo. Estaba cubierta de joyas: un collar de perlas de tres vueltas con un zafiro, aretes a juego y anillos en casi todos los dedos.

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