Uno empezó a insultar y los demás le siguieron.
—¡Puta madre! Me quemé la mano por su culpa.
—¡Mierda! ¡Casi se me prende la cobija!
El chico que había escondido la colilla bajo la cobija vio cómo se le hacía un agujero a la tela. Apagó la brasa de inmediato y miró con furia a Braulio y a Almendra.
—¿No tienen manos o no tienen boca? ¿No pueden avisar antes de entrar? ¡Hicieron que se me quemara la cobija!
—¡Se me levantó la piel de la quemada, carajo!
—¡Me salió una ampolla en la boca, joder!
Almendra entornó los ojos con una expresión peligrosa.
—Está prohibido fumar en los dormitorios de la escuela. ¿Necesitan que llame al prefecto por ustedes?
El chico que había apagado el cigarro con la mano se llamaba Isaías. Era el líder de ese dormitorio. Aunque solo tenía quince años, era alto, guapo y se veía bastante maduro; parado junto a Almendra, parecían de la misma edad.
Al ver lo bonita que era Almendra y que se había metido al dormitorio de hombres, soltó una risa burlona.
—Hermanita, ¿te equivocaste de cuarto? ¿O es que quieres vivir con nosotros?
—¡Isaías! ¡Es mi hermana! —dijo Braulio con enojo.
La mayoría de los estudiantes en ese cuarto eran del mismo salón, excepto uno que Braulio no conocía.
Isaías soltó un bufido, se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro a Braulio.
—Tísico, ¿sentiste que tu cuerpo no aguantaba vivir afuera y te arrastraste de vuelta a la escuela?
Braulio le apartó la mano de un manotazo y respondió con frialdad:
—No me provoques.
—Uy, ¿un perro callejero enfermo dándose aires de niño rico?
La mirada de Almendra era gélida. Al parecer, así era como estos compañeros se habían estado burlando de Braulio durante el último medio mes en la escuela.
—¿Saben dónde está Álvaro ahora? —Almendra le agarró la muñeca a Isaías y se la torció con fuerza hacia atrás.
Isaías se puso pálido al instante y empezó a aullar:
—¡Duele, duele, duele!
No esperaba que Almendra, siendo una chica, tuviera tanta fuerza.
Los otros chicos, al ver que Almendra casi le dislocaba el brazo a Isaías, gritaron:

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