—Lo has hecho muy bien —le dijo Almendra, asintiendo.
Uriel parecía avergonzado.
—Yo… no he hecho mucho. Es solo que el subdirector Néstor y los demás, creyendo que tienen el respaldo de la esposa del presidente, se han vuelto cada vez más déspotas en la empresa. No sé si la señora los castigaría si supiera lo que están haciendo.
Uriel venía de una familia humilde. Había llegado al Grupo Reyes gracias a su talento y esfuerzo, tras graduarse de la Universidad Central de Valparaíso. No sabía cuáles serían las consecuencias de denunciar al subdirector Néstor, quien contaba con el apoyo de la esposa del hombre más rico del país.
—No te preocupes. Si la esposa del presidente se entera de sus crímenes, no los perdonará.
La voz de Almendra sonó firme, y Uriel se sintió aliviado al instante. No pudo evitar preguntarse si la señorita Almendra, que compartía apellido con el presidente Reyes, sería pariente de la familia.
Pero no se atrevió a preguntar.
—Bueno, sigue con tu trabajo. Si necesito algo, te llamo.
—¡Sí!
En cuanto Uriel se fue, Almendra abrió su computadora. Sus largos dedos volaron sobre el teclado, y pronto la pantalla se llenó de líneas de código. En menos de un minuto, había penetrado el sistema de vigilancia de Textil Velox S.A.
Quizás Néstor se sentía tan intocable que ni siquiera se molestó en ocultar las cámaras de su propia oficina. Al ver las dos figuras enredadas en la pantalla, Almendra sintió una profunda repulsión.
Se alegró de no haberle pedido a Néstor que le cediera su despacho; se habría muerto del asco.
Lo que sí la sorprendió fue que la protagonista de la escena era Dolores, la directora del departamento de diseño. ¿Cómo podía Dolores acostarse con un tipo tan grasiento y desagradable como Néstor?
Revisó las grabaciones y vio que Dolores no era la única. Néstor cambiaba de pareja con frecuencia; parecía que también había alguien del departamento de finanzas.
Incluso los escuchó hablar de desviar fondos de la empresa.
Almendra sonrió con frialdad. Sabía que Néstor era un corrupto de primera.
Cambió de cámara al departamento de finanzas. En ese momento, Teodoro, el director financiero, ordenaba a sus empleados con aire de fastidio:
—¡Apúrense! Maquillen bien las cuentas. Aunque sea una niña mimada, no podemos confiarnos.
—Entendido, señor Teodoro.


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