Si Almendra no le hubiera hecho acupuntura al abuelo hace unos días para mejorar su circulación, esa sopa de Betina lo habría mandado directo con San Pedro.
Simón y Frida dirigieron su mirada al unísono hacia Betina, que seguía sentada en el suelo, sollozando.
—Perdónenme, papá, mamá. Solo quería que recuperaran fuerzas. No imaginé que las hierbas que a ustedes no les hicieron nada, al abuelo…
Su insinuación era clara: si el abuelo se había puesto mal, no era del todo culpa de su sopa, ya que Simón y Frida también la habían tomado sin problemas.
Frida sabía que Betina era una niña que se preocupaba por los demás, así que se acercó a ayudarla a levantarse.
—Betina, tu hermana no te está culpando. Solo nos está explicando que el cuerpo de tu abuelo es más delicado y no puede comer cualquier cosa.
—Lo sé, papá, mamá. Les prometo que nunca más volveré a prepararles remedios sin saber —dijo Betina, con un puchero de arrepentimiento.
—Betina, nosotros estamos bien. No te culpes —la consoló Frida. No estaba enojada con ella; al fin y al cabo, había sido un gesto de buena fe que había salido mal.
—¡Ay! —exclamó Simón de repente.
Frida se giró de inmediato y vio que a Simón le había brotado un sudor frío en la frente. Su rostro tenía un color extraño y se cubría media cara con una mano, con una expresión de dolor.
—Mi amor, ¿qué te pasa?
La imagen de Simón la aterró. Corrió a sostenerlo.
Él, tapándose la mejilla, apenas podía hablar.
—No… no sé qué pasa. De repente, la muela… me duele muchísimo.
Almendra se acercó, le tomó el pulso a Simón en la muñeca y dictaminó:

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