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Marea de Pasión: El Contrato Benavente romance Capítulo 10

Aún hoy no se explicaba cómo había logrado mantener la espalda recta en ese momento.

Solo recordaba el fuerte sabor a sangre y óxido asomándose por su garganta. Ansiaba detenerse un segundo a recuperar el aliento, pero las piernas le temblaban y las sentía como si fueran de gelatina, impidiéndole dar un paso más. Jadeando sin consuelo, se quedó mirándolo por encima de todo el grupo, y los ojos de ambos se encontraron.

Julieta se paró delante de ella y, dirigiéndose a los chicos, hizo un falso berrinche infantil:

—¡Se pasaron, ya dejen de reírse!

Pero aquello había sido una broma demasiado genial y perfecta para ese tipo de amigos; tardaron un buen rato en poder contener las risotadas.

Lucas, avergonzado, se rascó la nuca y dijo:

—Ay, Vicky... no te enojes. ¡Oye, feliz cumpleaños a mí! Ya sabes, es que estábamos jugando verdad o reto.

Victoria lo ignoró por completo y caminó directo hacia donde estaba Daniel.

Daniel se quedó observando fijamente el movimiento torpe e inestable de sus piernas, posando la mirada en aquellas finas y estilizadas extremidades.

Victoria llevaba toda una vida dedicada a la danza; sus piernas no eran extremadamente delgadas, sino hermosas y bien tonificadas. Pero en ese instante, en esa parte de su cuerpo —cuyo valor en la póliza de seguro de los teatros pasaba de varios millones— resaltaba una horrible y notoria herida abierta con la sangre cuajándose.

Daniel borró la sonrisa de su rostro y preguntó:

—¿Cómo te hiciste eso?

Ella únicamente lo miraba en silencio. En otra vida, adoraba la sonrisa de Daniel. Era una sonrisa radiante, brillante y cálida.

Su personalidad desde niña siempre fue muy seria y reservada, nunca se comparó a la de él a la hora de relacionarse o caerle bien a la gente. Ella sentía una profunda envidia de su espíritu audaz, y al mismo tiempo, siempre le cautivó esa cálida sonrisa que a ella tanto le costaba tener.

Pero, justo en ese momento, su sonrisa resultó igual de dolorosa e insufrible que el daño de su rodilla.

—Entonces... todo es falso, estabas jugando conmigo y de mi preocupación, ¿verdad? —La voz gélida de Victoria resonó de un lado a otro en el ancho y silencioso pasillo.

Los miembros del grupito empezaron a intercambiar miradas.

—Relájate, solo fue una bromita, ¿por qué siempre todo tiene que ser tan pesado contigo? Qué agua fiestas eres... ¿estás bien de la pierna o no?

Lucas agregó, tratando de suavizar el asunto:

—Sí... o sea, ¿cómo es que te fuiste a caer así? ¿No te lastimaste otra cosa?

Victoria, ignorando al resto del grupo, clavó su mirada en Daniel.

—Está bien. Ya entendí.

Con la tensión cortándose con un cuchillo, Julieta trató de aminorar las cosas.

—De verdad lo siento muchísimo, Victoria. O sea, fue mi culpa; yo fui a la que le tocó ese reto. Dani solo quiso salvarme de tener que cumplirlo... y le dijo a Lucas que te llamara a ti.

Haciendo oídos sordos a sus palabras, Victoria caminó directo al primer piso del hospital; su único interés en ese momento era conseguir ayuda y aliviar sus heridas.

Victoria no era de las que, en un arrebato de coraje, abandonaba y descuidaba las dolencias en el cuerpo; amaba por demás cada parte de él, porque valoraba infinitamente esa profesión por la que le había hecho la guerra entera a su propia familia.

Caminó directo a los ascensores, percatándose de que el insufrible grupito iba pisándole los talones. Lucas intentó bajar la incomodidad con algo de torpeza.

—Victoria... de verdad, mil perdones, ¿sí? Ya, no te enojes tanto, dale...

Victoria les dio la espalda, entregándoles la única respuesta que creyó necesaria.

Todos volvieron los ojos a Daniel, y en ese instante, Julieta se mordió el labio mientras le daba discretos tirones a su abrigo.

Daniel dejó escapar un pesado suspiro de su pecho.

—Victoria... En serio nos equivocamos. ¿Por favor dejarías que el médico te revise?

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