Aún hoy no se explicaba cómo había logrado mantener la espalda recta en ese momento.
Solo recordaba el fuerte sabor a sangre y óxido asomándose por su garganta. Ansiaba detenerse un segundo a recuperar el aliento, pero las piernas le temblaban y las sentía como si fueran de gelatina, impidiéndole dar un paso más. Jadeando sin consuelo, se quedó mirándolo por encima de todo el grupo, y los ojos de ambos se encontraron.
Julieta se paró delante de ella y, dirigiéndose a los chicos, hizo un falso berrinche infantil:
—¡Se pasaron, ya dejen de reírse!
Pero aquello había sido una broma demasiado genial y perfecta para ese tipo de amigos; tardaron un buen rato en poder contener las risotadas.
Lucas, avergonzado, se rascó la nuca y dijo:
—Ay, Vicky... no te enojes. ¡Oye, feliz cumpleaños a mí! Ya sabes, es que estábamos jugando verdad o reto.
Victoria lo ignoró por completo y caminó directo hacia donde estaba Daniel.
Daniel se quedó observando fijamente el movimiento torpe e inestable de sus piernas, posando la mirada en aquellas finas y estilizadas extremidades.
Victoria llevaba toda una vida dedicada a la danza; sus piernas no eran extremadamente delgadas, sino hermosas y bien tonificadas. Pero en ese instante, en esa parte de su cuerpo —cuyo valor en la póliza de seguro de los teatros pasaba de varios millones— resaltaba una horrible y notoria herida abierta con la sangre cuajándose.
Daniel borró la sonrisa de su rostro y preguntó:
—¿Cómo te hiciste eso?
Ella únicamente lo miraba en silencio. En otra vida, adoraba la sonrisa de Daniel. Era una sonrisa radiante, brillante y cálida.
Su personalidad desde niña siempre fue muy seria y reservada, nunca se comparó a la de él a la hora de relacionarse o caerle bien a la gente. Ella sentía una profunda envidia de su espíritu audaz, y al mismo tiempo, siempre le cautivó esa cálida sonrisa que a ella tanto le costaba tener.
Pero, justo en ese momento, su sonrisa resultó igual de dolorosa e insufrible que el daño de su rodilla.
—Entonces... todo es falso, estabas jugando conmigo y de mi preocupación, ¿verdad? —La voz gélida de Victoria resonó de un lado a otro en el ancho y silencioso pasillo.
Los miembros del grupito empezaron a intercambiar miradas.
—Relájate, solo fue una bromita, ¿por qué siempre todo tiene que ser tan pesado contigo? Qué agua fiestas eres... ¿estás bien de la pierna o no?
Lucas agregó, tratando de suavizar el asunto:
—Sí... o sea, ¿cómo es que te fuiste a caer así? ¿No te lastimaste otra cosa?
Victoria, ignorando al resto del grupo, clavó su mirada en Daniel.
—Está bien. Ya entendí.


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