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Marea de Pasión: El Contrato Benavente romance Capítulo 9

Mientras decía esto, Silvia la apuntó con la brochita de maquillaje justo donde estaba la marca en su cuello.

Como la piel de Victoria era tan blanca y de porcelana, cualquier roce dejaba una huella evidente y difícil de disimular.

Al instante comprendió a qué se refería; estiró el cuello y fijó la vista en el espejo.

En los vestuarios, todos los espejos tenían luces a los costados para que las bailarinas pudieran afinar los detalles más mínimos de su maquillaje.

Y ahí estaba. A un costado de su delgado y elegante cuello se alcanzaba a ver, de manera innegable, una clara y rosada marca de beso.

La mente de Victoria recreó al instante la ardiente escena de la noche anterior.

Recordó su mano, completamente cubierta por la gran y firme mano de Saúl. El ardiente aliento del hombre que chocaba contra su oreja y la hilera de besos que le había esparcido en el cuello provocando un pequeño hormigueo.

—¡Te pusiste roja! —exclamó Silvia señalándola con el dedo. Por el momento solo estaban en el área de maquillaje, pero más tarde, cuando el director principal se hiciera presente, una marca en la bailarina principal iba a dar mucho de qué hablar.

—Cúbrete eso con base, yo voy terminando por acá.

Victoria colocó su bolso, tomó sus cosméticos y se puso a disimular la mancha de su cuello.

La gira de la obra estaba a la vuelta de la esquina, por lo que todo el mundo andaba con los nervios de punta. En los pasillos el caos era generalizado: había bailarinas que recién llegaban y parecían medio dormidas, algunas que desayunaban, y otras que ya andaban estirando las piernas.

Victoria revisó su reflejo en el espejo. Cuando estuvo completamente segura de que no había ni un solo rastro, se quitó la chamarra para cambiarse, poniéndose los botines y los shorts de práctica.

Silvia observó su espalda, soltó un ligero chasquido y dijo:

—¡Solo espero que no me salgas con que esto fue cosa del inútil de Daniel!

Victoria enderezó la postura y se miró rápidamente la espalda en el espejo.

—¿Allá atrás también tengo otra marca?

—¿Entonces sí fue él? —A Silvia le cambió el semblante, con esa típica cara de decepción de cuando una amiga cae en las mismas redes tóxicas de siempre.

Victoria movió la cabeza en señal de negación. Se cubrió la espalda con la blusa holgada del uniforme para ensayar; con eso debía bastar.

La noche anterior había transcurrido como en un sueño brumoso. Por obvias razones, se le había olvidado por completo pedirle al hombre que tuviera algo de precaución.

—No fue Daniel.

Los ojos de Silvia recobraron el brillo al instante. Jaló una silla para sentarse de golpe frente a ella.

Cuando Lucas, el gran amigo de Daniel, le llamó aquella tarde, ella apenas iba saliendo del salón de ensayo. Al ver el nombre y las diez llamadas perdidas en su celular, el ojo comenzó a palpitarle sin control.

Se alejó del estudio y devolvió la llamada. La voz de Lucas al otro lado de la línea se oía frenética y desesperada:

—¡Vicky! ¡Por fin contestas! ¡Dani acaba de sufrir un terrible accidente!

Victoria jamás iba a poder borrar esa escena de su mente. No se había puesto abrigo ni se había cambiado el calzado. Salió del teatro corriendo a todo pulmón. Las escaleras del lugar eran tan altas que, al dar un paso en falso, terminó rodando; el dolor en el cuerpo había sido verdaderamente insoportable.

Llevaba puestas unas medias largas, de color blanco impecable, por lo que cualquier rastro de polvo o mugre en sus piernas se notaba desde lejos.

El instante en el que su rodilla impactó con los escalones, el dolor agudo la paralizó por completo; hubo un momento donde pensó que le sería imposible levantarse.

Ni siquiera supo de dónde había sacado las fuerzas, pero logró ponerse en pie a trompicones y llegó a su auto, conduciendo como un bólido en dirección al hospital. Las salas de urgencias estaban repletas de gente, por lo que le fue imposible tomar los elevadores; no le quedó más opción que subir a pie y a toda prisa hasta el piso diecisiete.

Y, sin embargo, justo al llegar a la entrada de la sala de urgencias quirúrgicas, lo primero que presenció fue a ese grupito de vividores y niños ricos doblándose de la risa.

—¡Wow, de verdad te lo creíste y viniste!

—¡Te envidio, mi Dani! Sigo sin entender cómo nuestra princesa perfecta está así de loca y arrastrada por ti.

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