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Marea de Pasión: El Contrato Benavente romance Capítulo 6

—¿Y anoche?

—No me diste tiempo. —Ya la había dejado completamente aturdida.

—Princesa es muy buena, y ya le caíste bien.

Victoria lo miró de reojo, con expresión de duda, como diciendo: ¿Y eso de dónde lo sacas?

Apenas terminaba de preguntárselo, la perra regresó moviendo la cola, dejó caer una pequeña alfombra con botones que llevaba en la boca y puso la pata sobre ella.

De inmediato se escuchó una voz mecánica que decía:

—Te amo.

Victoria miró sorprendida a Saúl, quien parecía tenerlo todo fríamente calculado.

—Te dije que le ibas a caer bien.

Victoria no pudo aguantarse y preguntó:

—¿No hace esto con todas las personas que vienen?

—Mi perra es igual a mí.

—¿En qué sentido?

—Tiene gustos muy exigentes.

Dicho esto, sin esperar a que Victoria procesara la indirecta, Saúl le echó un vistazo a la ensalada que ella había dejado a un lado.

—¿Esto es lo único que vas a desayunar? ¿Puro monte? ¿Acaso eres un pajarito?

—... Los pájaros no comen pasto.

—¿Y eso qué importa? ¿Con esto de verdad te llenas?

—También tengo un poco de leche de avena y pan integral. Tengo que cuidar mi figura, es una exigencia del teatro. ¿Quieres que te prepare algo?

—Vaya, qué atenta eres —dijo Saúl, y luego se dirigió a Princesa—. Tú también deberías ponerte a dieta con tu mami. Mírate, estás tan gorda que corriste ocho kilómetros y acabaste llena de babas por el cansancio.

Princesa dejó escapar un quejido y bajó la cabeza, dejando clarísimo lo poco que le agradaba la idea de bajar de peso.

Victoria aún no terminaba de descifrar la personalidad de Saúl.

—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta un poco atrevida?

Saúl se sirvió un vaso de agua fría.

—Dime.

—Cuando nos vimos por primera vez, me dijiste que eras padre soltero... entonces, ¿dónde está tu hijo?

Apenas hizo la pregunta, sintió que no había sonado de la mejor manera. Intentó aclarar que no le molestaba que la besara, solo que la había tomado desprevenida.

Sin embargo, mientras se quitaba la camiseta deportiva, Saúl respondió con total naturalidad:

—Porque te vi esta mañana y se me hizo agua la boca.

El hombre dejó al descubierto su imponente torso esculpido. Aunque ella ya lo había visto la noche anterior, tenerlo frente a sus ojos a plena luz del día despertaba en ella una intensa y arrolladora tensión sexual.

Mientras subía las escaleras, se giró para añadir un detalle.

—Por cierto, ya me había lavado los dientes.

En otras palabras: Estaba cumpliendo tus reglas para un primer beso del día.

Victoria se sonrojó en silencio. Qué hombre tan peculiar. Era tan descaradamente honesto y directo, que no sabía cómo manejarlo.

El baño estaba invadido por una espesa nube de vapor. Saúl salió de la ducha, tomó una toalla oscura para secarse, y justo cuando iba a tirarla al cesto de ropa sucia, vio algo asomarse debajo de sus prendas: un borde de encaje.

Guiado por el instinto, Saúl levantó la prenda. Era un trozo de satén blanco, adornado a los lados con pequeños lazos que prometían deshacerse con un simple tirón.

Un pequeño círculo en el centro ya se había secado.

La innegable evidencia de humedad.

La mirada del hombre se tornó peligrosa y oscura al instante.

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