Victoria seguía intentando entender cómo funcionaban los electrodomésticos de la casa nueva.
De pronto, escuchó el sonido de la cerradura. Se asomó con curiosidad y vio a una mujer de mediana edad parada en la entrada, cargada de bolsas. Llevaba un vestido sencillo, y su rostro redondo y amable inspiraba confianza inmediata. La mujer sonrió ampliamente.
—Buenos días, señora. Soy Yolanda, me encargué de cuidar al joven Saúl desde que era un niño.
—Yolanda —saludó Victoria con cortesía.
A Yolanda se le arrugaron los ojos de la felicidad al sonreír.
—¡Ay, señora, pero qué hermosa es usted! Hace tanto calor afuera, que nomás verla a uno se le refresca el alma. No sé cómo explicarlo, pero usted es como una brisa fresca en pleno verano.
A Victoria nunca la habían halagado de una forma tan pintoresca; pensó que, definitivamente, toda la gente cercana a los Benavente tenía una forma de hablar muy franca que, por alguna razón, no resultaba para nada ofensiva.
—¿Qué le gustaría desayunar? O, si lo prefiere, escríbame una listita —preguntó Yolanda con entusiasmo, pero manteniendo un trato muy respetuoso.
Le pidió a Victoria que fuera a sentarse al sofá mientras ella se encargaba de todo.
A Victoria le vino perfecto, así aprovecharía para buscar a Jazmín y darle de desayunar.
—Para mí, cualquier cosa nutritiva y saludable, algo que no engorde, por favor.
—¿Alguna alergia o algo que no coma?
—No puedo comer pescado.
—Entonces le prepararé unos cereales con huevo duro y una ensalada fresca. ¿Acostumbra a tomar café?
—Como sea está bien, jugo de frutas también sirve —respondió Victoria.
—Entendido, deme un momento.
Tener una señora que ayudara con la casa definitivamente quitaba un peso de encima. Sin embargo, la casa en el Mirador de la Corona era tan inmensa que encontrar a un gato explorando su nuevo territorio era una misión casi imposible.
Cuando Saúl bajó las escaleras, se topó con la imagen de Victoria arrodillada en el suelo, buscando algo desesperadamente.
Su espalda dibujaba una curva pronunciada e hipnotizante, estrecha y firme; al seguir la línea de su cuerpo, era evidente que, aunque delgada, tenía una figura envidiable, con las curvas en los lugares exactos.
—Al no encontrar al gato, ¿decidiste convertirte en uno?
Ante el tono burlón del hombre, Victoria volteó. Lo vio de pie en el descanso de la escalera, con la luz del sol iluminándolo desde atrás. Su imponente altura, sumada a que la observaba desde arriba, hizo que ella se sintiera aún más avergonzada por su postura.
—Supongo que todavía no se acostumbra a la casa nueva.

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