—Félix... —Casiana se llevó una mano a la frente, murmurando completamente aturdida por la fiebre:
—Me duele mucho la cabeza, siento como si un hombrecito estuviera martillando adentro, pum, pum, pum...
—Estás resfriada.
Félix abrió el botiquín, encontró unos sobres de medicina para la fiebre y se los acercó a los labios: —Tómatelo y te sentirás mejor.
—Oh.
Casiana se acercó a oler el líquido y retrocedió rápidamente con asco. Empujó el vaso por puro instinto, con los ojos húmedos y un rotundo rechazo en el rostro: —Huele horrible, no lo quiero.
—Si no te tomas la medicina, te vas a quedar tonta. —Félix sostuvo el vaso con firmeza; su expresión se endureció y le habló en voz baja.
Ya era coja de una pierna; si encima su cerebro dejaba de funcionar, sería un desastre.
O tal vez, si se quedaba tonta, sería mejor.
Así no pasaría todo el día pensando en divorciarse para ir a buscar un nuevo amor.
—No. —Casiana giró el rostro, volvió a recostarse y cerró los ojos. Su actitud era inflexible.
No iba a tomárselo.
Aunque se quedara tonta por la fiebre.
...
Félix frunció el ceño al ver lo testaruda que se ponía.
Desde que se habían casado, siempre había sido una mujer educada, madura y muy propia.
En su forma de hablar y actuar, era la perfecta y recatada señorita de sociedad.
Jamás la había visto hacer berrinches así.
Y, a decir verdad...
Acostumbrado a verla siempre tan controlada, descubrir esta faceta rebelde le pareció extrañamente adorable.
De inmediato, el recuerdo de la primera vez que la vio volvió a su mente.
Era en la secundaria.
Ella se había escapado de su casa en secreto y había corrido a los puestos de comida callejera detrás de la escuela.
Compró un montón de brochetas asadas, bañadas en salsa muy picante.
Por miedo a que la vieran, se metía la comida a la boca a toda velocidad.
Sus mejillas estaban infladas como las de una ardillita.
Pero para su mala suerte, al darse la vuelta, se topó de frente con él.
El pánico en sus ojos fue evidente, porque ella sabía que él era amigo de su hermano mayor.
Aterrada de que él fuera de chismoso, la niña se acercó con las brochetas que le quedaban y le preguntó con cautela:
—¿Quieres?
...
—¡Casiana, ¿puedes comportarte por una vez?!
Félix aplicó un poco más de fuerza para obligarla a abrir la boca. Su tono era muy estricto: —Si no te tomas la medicina por las buenas, no me culpes por usar métodos especiales.
Casiana, acurrucada en su pecho, miró el rostro frío e implacable del hombre. Frunció sus delicadas cejas y se quejó con voz lastimera:
—¡Félix, qué malo eres!
—Me alegra que lo sepas. —Félix agitó un poco el vaso y amenazó con voz ronca—: Tómatela.
Forzada a abrir la boca, Casiana sintió de inmediato el sabor amargo inundando su paladar antes de que pudiera procesarlo.
—¡Cof, cof, cof!
Al tener que tragar a la fuerza, terminó atragantándose.
...
Al terminar, Félix retiró el vaso de inmediato y le dio agua tibia para que se enjuagara la boca.
—Ya no quiero más —protestó débilmente, quejándose en voz baja—: ¿Por qué tanta? No creas que soy tonta, me quieres envenenar.
—Félix, eres un...
¿Un qué?
Félix se quedó inmóvil, esperando el insulto que seguiría.
Quería ver qué clase de barbaridad soltaría la refinada primogénita de los Sotelo estando delirante por la fiebre.

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