—Mmm...
Casiana estaba a punto de soltarle otra respuesta afilada cuando, de repente, algo le tapó la boca.
El cepillo de dientes.
El fuerte sabor a menta le inundó el paladar y la despertó de golpe.
—Lávate los dientes. Luego te llevaré al hospital. —Félix se quedó de pie detrás de ella, sosteniéndola por la cintura para evitar que perdiera el equilibrio.
Al fin y al cabo, solo se sostenía en un pie.
—¿Al hospital? —Casiana lo miró a través del reflejo del espejo, balbuceando con la boca llena de espuma.
—Llevas dos días poniéndote la pomada y el pie sigue hinchado. Es mejor que te saquen una radiografía para estar seguros —respondió él en voz baja.
Aunque era médico y ya la había revisado, una parte de él no podía quedarse tranquila.
Casiana pensó: «Claro, lo hace para que me cure rápido y me largue de su casa».
—Está bien —murmuró, bajando la mirada obedientemente.
Después de lavarse la cara y los dientes...
Félix se sentó a vigilar que se terminara el desayuno: un vaso de leche, huevo y pan integral.
Nutritivo y perfectamente balanceado.
—Vámonos.
Una vez que ella terminó de comer, Félix fue a su cuarto a cambiarse y regresó a su lado.
Al ver lo torpe que era intentando caminar con las muletas, tambaleándose peligrosamente de un lado a otro...
No pudo evitar reducir su paso, recargarse contra la pared y observarla con atención.
Se balanceaba de un lado a otro, idéntica a un pingüino torpe.
A esa velocidad, para cuando lograra bajar hasta el estacionamiento y llegar al hospital, ya se habría hecho de noche.
—Je.
Al escuchar la pequeña burla detrás de ella, Casiana se giró de golpe y vio a Félix mirándola con una expresión de puro entretenimiento.
Sabía que se estaba burlando de ella.
Se mordió el labio, furiosa pero sin aliento para reclamarle.
Sí, ¡ahora era una cojita torpe! ¿Y qué?
Y encima, este hombre...
¿De verdad planeaba dejarla ir brincando hasta el hospital sin ayudarla?
Al menos todavía no firmaban el papel del divorcio.
Al ver que realmente no podía avanzar más, Félix se acercó a paso lento, clavó en ella su profunda mirada oscura y le preguntó:
—¿Necesitas ayuda?
...
Casiana lo fulminó con la mirada, apretando los labios sin decir una palabra.

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