La imagen era tan impactante que nadie se atrevía a mirar de frente.
—Viejo zorro, ¿por qué no participaste? —Wilfredo frunció el ceño, inconforme.
—Nunca dijiste que el novio tenía que hacerlo en persona —replicó Rogelio con tranquilidad—. Siguiente.
Wilfredo apretó los dientes. Solo por los autos deportivos se aguantó.
—Última prueba.
Apenas terminó de hablar, la puerta de la habitación nupcial se abrió de par en par.
Frente a ellos aparecieron unas diez chicas vestidas con la misma bata blanca, de estaturas y contexturas muy similares, y con la cabeza completamente cubierta por la misma tela.
A simple vista, parecían clones sacados del mismo molde.
—No puedes tocarlas, no puedes olerlas, no puedes hablarles. —Wilfredo metió las manos en los bolsillos y habló con exasperante lentitud—. Si logras adivinar cuál de ellas es Aldana, daremos por superados todos los retos de hoy.
—¿Qué?
Los demás ni se imaginaban que vendría algo así, y se escuchó un fuerte murmullo de asombro.
¡Con razón dejaron al señorito Zavala para el final!
Aparte de él, ¿a quién más se le habría ocurrido un truco tan ruin?
—Jajaja, esto es como pedirle a un ciego que vea televisión y a un mudo que cante ópera.
Los presentes empezaron a susurrar:
—Incluso sin cubrirles la cara, si las maquillan igual, yo creo que dudaría unos segundos.
—Hasta llegar a este punto me doy cuenta de que todo lo de antes fue juego de niños.
—¿Cómo creen que el Sr. Lucero va a adivinar?
Iván y Eliseo también se acercaron para murmurar entre ellos:
—Yo creo que la última se le parece bastante.
—A mí me parece que la del medio tiene un aire familiar.
—Yo ya no sé quién es quién.
Sania apretó los labios y soltó un ligero suspiro.
—¿Y tú, amor?
Cornelio negó con la cabeza en silencio.
El chico Zavala sí que se estaba pasando de listo. ¿Deberían detenerlo?
Justo cuando todos estaban preocupados, Rogelio rompió el silencio.
—Ya estoy seguro.
Los demás reaccionaron con un asombro coral.
—¿Ah?

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