Aldana tomó asiento y sus ojos oscuros recorrieron a las personas frente a ella. Fue directo al grano.
—Esta casa también me la quedo.
Esta mansión la construyeron poco a poco su abuelo y su abuela después de casarse.
Guardaba todos los recuerdos de ellos.
Si la dejaba en manos de los Mendes, seguramente la venderían cualquier día para pagar sus deudas.
—¡Aldana, esto ya es un abuso! —bramó Justino, con el rostro lívido, dando vueltas de pura impotencia.
La señora Mendes y Lucrecia estaban acurrucadas juntas; madre e hija no paraban de llorar.
Sin la empresa, sus vidas de lujos y privilegios se habían acabado.
Mientras más lo pensaban, más les dolía y las lágrimas caían sin parar.
—Si nos empujas a la ruina, el viejo no te lo va a perdonar nunca —gritó la señora Mendes, apuntando histéricamente a Aldana.
—Tienen dos opciones sobre la mesa. —Aldana cruzó las piernas con absoluta frialdad—. Lárguense de la capital, y les entregaré la parte proporcional del dinero que mi abuelo dejó en su testamento. O quédense, y no verán ni un solo peso. Y si un día amanecen tiesos por ahí, tampoco será sorpresa para nadie.
—Nos estás amenazando de frente.
Justino estaba tan furioso que apenas podía hablar.
—¿Cómo pudimos acoger a una víbora malagradecida como tú?
—¡PUM!
Apenas terminó la frase, Eliseo le cruzó la cara con una cachetada que resonó en toda la sala.
—Viejo decrépito, lávate la boca antes de hablar. —Eliseo dejó ver «casualmente» la pistola asomándose en su cinturón y advirtió con voz de hielo—: Vuelve a faltarle el respeto a la Señorita Carrillo, y la próxima vez no te voy a dar con la mano.
Al ver el arma oscura, el rostro de Justino perdió todo color.
Ese era Rogelio Lucero, el rey del Continente del Norte. Quién sabe cuánta sangre tenía en las manos.
Matarlo sería como aplastar a un insecto.
—Elige —Aldana no quería perder más tiempo con él y su voz cortó el ambiente como el cristal—. Tienes cinco segundos para pensarlo. Cinco... cuatro... tres...
A Justino se le cortó la respiración mientras su mente trabajaba a mil por hora.
Si se iba de la capital, recibiría una buena suma de dinero. Si se quedaba...
Y con lo miserable que era Justino, teniendo que mantener a su amante y al bebé, era seguro que las dejaría en la calle sin un centavo.
—Estos son para ustedes —Iván sacó otro fajo de cheques y les habló sin mostrar emoción alguna—: Jamás vuelvan a cruzarse en el camino de la Señorita Carrillo.
—¡No, no lo haremos, se los juro!
Al ver los cheques, la señora Mendes asintió desesperada.
—Me llevaré a Lucrecia fuera del país y jamás volveremos.
—Vámonos.
Aldana ya no soportaba verles la cara y salió a paso rápido hacia la puerta.
Caminaba con tanta prisa que Rogelio la alcanzó, tomó su mano y la envolvió en sus brazos para consolarla.
—Tranquila. Si algún día te arrepientes, mando a alguien para que los desaparezca.
—Se lo merecen —murmuró Aldana, recargando la frente en el hombro de él—. Pero, Rogelio, son la única sangre que le quedaba a mi abuelo.
No era capaz de dejar a su abuelo sin descendencia.

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