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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1650

—Aldana todavía es joven, y no quiero que experimente la maternidad de manera prematura.

Rogelio reflexionó durante un par de segundos y luego habló con tono serio:

—Ella primero es su propia persona, luego mi esposa, y por último, la madre de mis hijos.

—Si tiene miedo de tener hijos o simplemente no quiere tenerlos, nadie en este mundo podrá obligarla.

—Muchacho tonto.

Brunilda apretó los labios, levantó la barbilla y murmuró ofendida:

—Ni que fuera una suegra malvada de telenovela. ¿Crees que no quiero a Aldana como si fuera mi propia hija?

—Solamente lo estoy mencionando con anticipación —Brunilda miró hacia la puerta y susurró—: Es que tu abuela me dijo que, si es una bisnieta, quiere criarla ella misma para tenerla a su lado.

—¡Pero yo también quiero a mi nieta! Si solo tienen una niña, tendremos que pelear a muerte por ella.

Rogelio se masajeó las sienes; de verdad que esta dupla de suegra y nuera estaba completamente desquiciada.

—Está bien, los tendremos.

Rogelio se puso de pie, metió las manos en los bolsillos y resopló con ironía:

—Y cuando nazcan un montón de niños, ya me contarán qué harán.

—¡Oye!

Brunilda se levantó de un salto, miró la espalda de su hijo con enojo y gritó indignada:

—¡Mira nada más las tonterías que está diciendo!

—Exactamente —Feliciano se levantó de inmediato, señalando a Rogelio y apoyando a su esposa—. ¡Muchacho irrespetuoso! ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu madre?

—Tsk.

Rogelio esbozó una media sonrisa resignada y respondió con calma:

—Sí, claro, les daremos ocho nietas para que se entretengan.

Brunilda y Feliciano no sabía qué decir.

Bueno, tampoco era para tanto, ¡nadie podría cuidar a ocho niñas al mismo tiempo!

***

Al salir de la habitación.

Al pasar junto al altar a la Virgen que su abuela mantenía en el pasillo, Rogelio detuvo su paso.

Retrocedió unos pasos, se paró frente al altar y juntó las manos.

«¡Que Dios perdone las tonterías que acabo de decir y me conceda una hija, ¡una hija, una hija!»

Los sirvientes que pasaban por allí estaban atónitos.

¿Eh?

¿No que el joven amo no era creyente?

***

Una semana después.

—Tú habías venido aquí al principio para hacer rehabilitación, ¿verdad? Ahora que tus piernas están perfectas, ¿por qué sigues aquí? —le preguntó Aldana con curiosidad—. El club de autos deportivos del tercer hermano dice que también te desapareces todo el tiempo.

Al escuchar eso, Gilda se quedó pasmada un par de segundos.

Era cierto.

Parecía que ya se había acostumbrado por completo a la presencia de Héctor en su vida.

Los días que él no podía ir, la comida que compraba le parecía totalmente desabrida.

—¡Aquí viene la comida!

Héctor llegó con una fuente de carne picante y la puso sobre la mesa, añadiendo:

—Falta una sopa, empiecen a comer ustedes.

—Come bastante.

Gilda bajó la mirada y le sirvió comida a Aldana, perdida en sus propios pensamientos.

A mitad de la comida, Gilda fue al baño.

En el pasillo, escuchó a Héctor hablando por teléfono, y no sonaba nada contento.

—¿Acaso yo dije que quería conocerla? Tu hijo tiene veintidós años, no cuarenta y dos, no es como si no hubiera mujeres que quisieran estar conmigo.

—¿Ah, que si alguien me quiere? ¿Que si es posible que llegue a los veintidós sin novia?

La voz de Doña Elvia sonaba fuertísimo. Incluso sin el altavoz encendido, Gilda podía escucharla perfectamente.

—¡Ah, claro que tuviste una! Y te dejaron por ser un inútil.

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