Gilda solo le reembolsaría un pasaje. Si Héctor iba con ella...
Tendría que pagar dos pasajes. ¿Cómo lo justificaría?
¡Apenas era una recién graduada, no tenía dinero para adelantar!
—Yo pago los vuelos —dijo Héctor en voz baja—. Por cierto, ¿no querías comprarte una computadora nueva hace unos días? Un amigo está cerrando su tienda y le quedaron algunas nuevas; te regalaré una.
—¡¿De verdad?! —La chica soltó un gritito de emoción—. Ay, qué pena, de verdad, jajajaja.
—Suficiente —la cortó Héctor, arrugando la cara—. Pásame la información del vuelo. Lo compro y voy a buscarte.
—¡Claro que sí!
Dalia le mandó los datos de inmediato y se puso a hacer la maleta con una sonrisa de oreja a oreja.
Poco después, recibió la computadora portátil por un servicio de mensajería exprés.
—¡Guau, guau, guau!
Dalia abrazó la caja y suspiró profundamente.
Ese era, en efecto, el olor del dinero.
Jamás imaginó que sacaría tanta ventaja de su trato con el señorito Héctor.
El mundo estaba lleno de gente buena.
***
Mansión Lucero.
Elvia estaba sentada en el sofá, bebiendo té con elegancia, mientras el detective privado le daba su reporte.
—Hace una hora, el señorito Héctor mandó comprar una computadora para regalársela a alguien. Resulta que la chica trabaja en el estudio de boxeo de Gilda.
—¿Una empleada? —Elvia se tensó y frunció el ceño—. ¿Ya averiguaste quién es?
—Tiene veintitrés años, recién graduada de la universidad. Su familia es de clase media baja, tiene tres hermanos menores que aún estudian. Ella misma pagó su universidad con préstamos estudiantiles...
—Basta.
Elvia interrumpió al detective, apoyando la cabeza en la mano con frustración.
—¿Cómo es que Héctor se fijó en una chica con ese tipo de familia?
Para empezar, era un año mayor que él.
Y luego estaba ese entorno familiar tan problemático.
No es que ella fuera clasista, pero una familia con tantos hermanos menores siempre terminaba siendo una carga interminable.
No pedía que la novia de su hijo fuera multimillonaria, pero al menos debía tener algo de prestigio.

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