«¿?»
Al ver que el tipo le sonreía de la nada, Héctor frunció el ceño con asco.
¡Estaba loco!
La sonrisa de Máximo se congeló. Pensó para sí mismo: «Vaya temperamento de los mil demonios que tiene».
Era digno de su familia.
«¿?»
Por el rabillo del ojo, Gilda notó cómo la expresión de Máximo cambiaba al mirar a Héctor.
¿Acaso se conocían?
***
El torneo de exhibición comenzó oficialmente.
Los combates se decidieron mediante sorteo en el lugar.
Al equipo de Gilda le tocó enfrentarse al Club de Combate Lobo Feroz, un estudio de artes marciales muy famoso en el gremio, conocido por haber entrenado a varios campeones.
Tenían un prestigio enorme.
De hecho, solo estaban allí porque Máximo Solórzano los había invitado personalmente, haciéndoles un favor.
De lo contrario, la mitad de los gimnasios presentes no tendrían el nivel ni siquiera para pisar el mismo tatami que ellos.
¿Y ahora les tocaba pelear contra un estudio desconocido que claramente había entrado por influencias?
Ja.
Qué chiste tan malo.
Cuando subieran al ring, iban a noquear a su oponente en dos o tres golpes, y luego los tacharían de abusivos.
—Disculpe, ¿podemos cambiar de oponente? —El representante de Lobo Feroz se puso de pie, arrastrando las palabras con prepotencia.
—¿Cambiar? —El árbitro se quedó perplejo—. ¿Hay algún problema?
Gilda, que ya tenía su número de sorteo en la mano, levantó la mirada y lo observó con total desinterés.
—Dado que es una exhibición, el objetivo principal es el espectáculo —declaró el representante de Lobo Feroz, sin disimular su desprecio—. Si la pelea dura dos o tres minutos, ¿qué gracia tiene? Queremos un oponente que esté a nuestro nivel.
—Pfft...
Apenas terminó de hablar, una sonora carcajada resonó entre la multitud.
«¿?»
Los miembros de Lobo Feroz voltearon furiosos y descubrieron que la risa venía del equipo de Gilda.
El representante frunció el ceño:

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