Entrar Via

Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1702

—¡Clac!

El tenedor se le resbaló de las manos y cayó al suelo. Héctor la miró con incredulidad.

¿Qué?

¿Acaso acababa de escuchar a Gilda decir que quería intentarlo con él?

¿Eran alucinaciones auditivas?

—Gilda, ¿qué dijiste? —Héctor la observaba atónito, con un deje de pánico en el rostro—. Cuando dices intentarlo, ¿te refieres a salir conmigo?

—Así es.

Gilda asintió, se enderezó y lo miró con calma.

—Si vas a seguir pegado a mí como chicle todo el tiempo, entonces vamos a intentarlo.

—Pero si no funciona o nos damos cuenta de que no somos el uno para el otro, cada quien por su lado sin resentimientos.

Héctor se quedó pasmado. Tardó en asimilar las palabras de Gilda.

—¿Y bien?

Justo cuando ella frunció el ceño para preguntarle qué opinaba...

Héctor se levantó de un salto, alzó la mano derecha y se dio una bofetada tremenda.

—¡Plaf!

El golpe sonó fortísimo en el silencio de la habitación.

Gilda arrugó el entrecejo, llena de confusión.

—¡Plaf!

Cayó otra bofetada. La mejilla derecha de Héctor enrojeció a simple vista.

Quedó la marca de sus cinco dedos.

Gilda estaba atónita.

¿Acaso la fiebre de estos días le había freído el cerebro?

—Duele, es real —murmuró Héctor reaccionando. Se acercó despacio a ella, se agachó a su lado y levantó la mirada—. Aceptaste ser mi novia, ¿verdad?

—¡Dímelo, dímelo ya!

Gilda frunció el ceño. Creía haber sido bastante clara.

—Sí.

Asintió con el rostro inexpresivo.

—Al principio había aceptado, pero al verte así, lo estoy reconsiderando.

Parecía un completo idiota.

No quería que su historial quedara manchado por salir con alguien tan tonto.

—No te lo permito.

Héctor le agarró la mano, temblando de emoción.

—¡Al fin aceptaste ser mi novia! ¡Ahhh!

Héctor fantaseaba con su futuro juntos, ¡hasta ya le había puesto nombre a sus hijos!

Por el contrario, Gilda solo podía pensar en la actitud agresiva de Elvia Lucero.

Si su madre se enteraba, ardería Troya.

Qué cansancio.

Cayó en un letargo.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de día.

Sintió un ligero aroma a comida en el aire.

Se cambió, salió del cuarto y fue hasta la cocina.

Vio a Héctor en mangas cortas y con un delantal, muy atareado frente a la estufa.

Se movía con gran destreza; pronto sacó del aceite unos churros caseros y los puso en un plato.

Estaban dorados, echaban humo y se veían deliciosos.

En la otra hornalla hervía una olla con sopa.

Burbujeaba suavemente.

Gilda casi nunca cocinaba; la mayoría de los utensilios de su cocina estaban de adorno.

No esperaba que, con Héctor ahí, el lugar de pronto cobrara tanta vida y calidez de hogar.

Eso sí, el muy necio seguía enfermo y se había puesto a cocinar.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector