—Señor Mendoza, creo que esta hermosa señorita no es muy lista que digamos.
Su subordinado se acercó a susurrarle:
—Si apostamos contra ella y lo pierde todo, ¿su esposo no vendrá a armar un escándalo al casino?
—¿Acaso las cámaras están de adorno? —Hernán soltó una risa fría y bajó la voz—: Además, las apuestas son de mutuo acuerdo, nadie la está obligando a tirar su dinero, ¿o sí?
¿Que armarían un escándalo?
¡El Casino Amanecer tampoco era un rival débil!
...
El subordinado se quedó sin palabras. ¡Tenía toda la razón!
—¿Todo en orden con la tercera ronda? —preguntó Hernán.
El Casino Amanecer rara vez jugaba sucio, pero esta apuesta era colosal; si llegaban a perder, el golpe sería devastador.
A menos que se tratara de un cliente de alto perfil...
Solo podían darse el lujo de ganar, nunca de perder.
—Yo mismo repartí las cartas, quédese tranquilo —el subordinado se acercó más, cubriéndose la boca para susurrar—: Esta mina de oro no se nos va a escapar.
En la tercera ronda, el crupier había hecho trampa sutilmente.
Le dio a Aldana: J, Q, K.
Y a Hernán le repartió: 5, 5, 5.
5, 5, 5 cuenta como trío imperial, que es mayor que J, Q, K.
Gracias a estos trucos bajos, el Casino Amanecer lograba posicionarse como uno de los más rentables de la industria.
Si no fuera porque el Casino Costa Oeste de Lourdes les robaba tantos clientes, sus ganancias serían aún mayores.
—Mmh.
Al escuchar al subordinado, la sonrisa malévola de Hernán se ensanchó.
—Señor Mendoza, ¿de qué tanto hablan? —Aldana fingió no escuchar nada y se llevó un trozo de sandía a la boca—. ¿Y mi esposo? ¡Por qué no vuelve! No entiendo nada de estas cartas, ¡qué estrés!
—¡Lo seguimos buscando!
Respondió el empleado del casino con una sonrisa:
—Preciosa, siga jugando mientras tanto.
Ese esposo suyo parecía tener idea de lo que hacía. Si regresaba en ese instante, seguramente intentaría detenerla.
¡No iban a escupir para arriba echando a perder su gran negocio!
—Está bien.
Aldana asintió con tristeza, miró a Hernán y se aseguró una vez más:

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