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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1786

Gilda intentó empujar al intruso, pero sentía las manos como si estuvieran atadas, incapaz de reunir fuerzas.

—Mi zorrita... —El murmullo de Héctor cerca de su oído era como un canto hipnótico, embriagador.

Gilda forcejeó un par de veces más hasta que perdió por completo la voluntad de resistirse. Al ver cómo los labios del hombre se acercaban, los latidos de su corazón comenzaron a acelerarse desaforadamente.

Ba-dum, ba-dum.

Golpeaban tan fuerte contra su pecho que sentía que el corazón se le iba a salir.

Al segundo siguiente, abrió los ojos de golpe. Todo a su alrededor estaba envuelto en un silencio absoluto y una oscuridad total. Su lado de la cama estaba vacío; no había rastros de aquel hombre.

Gilda tardó un par de segundos en procesarlo. Había estado soñando. Y para colmo, uno de esos sueños impropios. Todo por culpa de las tonterías que Héctor le había dicho más temprano.

Soltó un largo suspiro, tomó el vaso de agua fresca de su mesa de noche y se lo bebió de dos grandes tragos. Eso logró calmar un poco la ansiedad que le carcomía el pecho. Se dejó caer de nuevo sobre la cama, con la mirada fija en el techo blanco. Por primera vez en su vida, sintió el verdadero peso de lo que la gente llamaba «añorar a alguien».

De repente, deseó con todas sus fuerzas que Héctor regresara pronto.

***

En la mansión de los Valeriano.

Don Bartolomé estaba sentado en el sofá; su rostro, lívido por la furia que le había provocado Aldana, aún no recuperaba su color natural. Napoleón Valeriano y Doña Regina estaban a su lado, él con una expresión sombría y ella con los ojos rojos y llorosos. Los tres parecían almas en pena, cada uno más abatido que el anterior.

Los sirvientes aguardaban en silencio cerca de la entrada, sin atreverse siquiera a respirar muy fuerte.

Capítulo 1786 1

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