—Mjum. —La sonrisa de Héctor era innegable a través de la línea, y con voz suave continuó—: No solo sé eso. También sé que estás pensando en mí. Que me extrañas muchísimo.
—Para nada. —Gilda soltó un bufido frío de negación—. Deja de echarte flores.
—¿No me crees? Entonces tócate el pecho. Dime, ¿tu corazón late o no late?
Gilda, por inercia, se llevó la mano al pecho, y al segundo siguiente se dio cuenta de la trampa. Si su corazón no latiera, ¡estaría muerta! Ese desgraciado.
—No cuelgues —se apresuró a pedir Héctor, sabiendo que acababa de colmarle la paciencia—. Hagamos una videollamada. Quiero verte dormir.
—Ni loca.
—Por favorcito te lo ruego. —El señorito Héctor podía tragarse el orgullo cuando le convenía—. Te juro que no haré ningún ruido. Me levanto en tres horas y te dejo en paz. Gilda... Ándale, Gilda... Mi preciosa Gilda...
Incapaz de soportar su insistencia empalagosa, Gilda se vio obligada a aceptar la videollamada y lo fulminó con la mirada:
—Ahí tienes. Mira todo lo que quieras.
En la pantalla, Héctor llevaba puesta su pijama con un par de botones desabrochados, y en su hermoso rostro brillaba una sonrisa radiante.
Gilda lo miró un instante y rápidamente desvió la mirada.
Maldito.
Resultaba que ahora también sabía usar la seducción para salirse con la suya.
***
Después de bañarse, Gilda volvió a la cama y notó que la videollamada seguía activa. Héctor ya se había levantado; se había puesto un cortavientos negro y llevaba una gorra de béisbol. Bajo la visera, sus facciones definidas lucían increíblemente atractivas.
—Vete a dormir, ya me toca ir a trabajar. No te interrumpo más.
—¿Trabajas a las cinco y media de la mañana? —Gilda se sorprendió un poco.
—Últimamente el clima ha estado muy cambiante, y los socios exigen que hagamos las pruebas bajo todas las condiciones posibles —explicó en voz baja—. Tenemos que probar cualquier escenario.
Desde que comenzó a trabajar en serio, por fin entendió lo difícil que era dirigir una empresa. De pronto comprendía por qué su hermano mayor solía tener siempre una expresión sombría. ¿Qué persona con un trabajo así podía estar saltando de alegría?
—Señor Lucero, ¿qué le da tanta risa?
Héctor se acomodó la gorra y le preguntó de forma casual: —¿Todavía no tienes novia, verdad?
—No, todavía no. —El muchacho, que rondaba los veinte años, se rascó la nuca avergonzado.
—Cuando tengas una, lo vas a entender. —Héctor le dio un par de palmadas amistosas en el hombro—. Búscate a una mujer divertida, la vida se vuelve mucho más interesante.
El joven se quedó perplejo. ¿Una mujer divertida? ¿No se suponía que la novia del señor Lucero era instructora de fuerzas especiales? ¿Qué tenía eso de "divertido"?
***
A altas horas de la madrugada.
Gilda dormía profundamente cuando, entre sueños, sintió que le levantaban las cobijas. Acto seguido, una figura imponente se dejó caer sobre ella, envolviéndola por completo en sus brazos. Alguien le mordisqueó el lóbulo de la oreja, el aliento del hombre le quemaba la piel, y una voz increíblemente sensual le susurró:
—Para saber si de verdad soy bueno... primero tendríamos que ponerlo a prueba.

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