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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1736

Una vez que se firmaron los papeles, Dalia regresó a la oficina de Gilda e hizo un puchero.

—Jefa, ¿no se le fue un poco la mano con el sueldo?

Un sparring en periodo de prueba ganaba, a lo mucho, unos quince mil pesos en un lugar normal.

—Su familia está pasando por un momento muy difícil.

Gilda se sentó frente a la computadora y comenzó a teclear mientras hablaba:

—Cuando se retiró del circuito, fue porque su hijo enfermó y necesitaba a alguien que lo cuidara a tiempo completo. Él ganó muchos premios en su época de oro. Si está dispuesto a tragar su orgullo y venir a trabajar como saco de boxeo para novatos, es porque está ahogado en deudas.

—¿Y cómo sabe usted todo eso, jefa? —preguntó Dalia, abriendo los ojos de par en par.

—Pedí que investigaran un poco —Gilda soltó un ligero suspiro—. Al parecer, la enfermedad cardíaca de su hijo empeoró. Si podemos darle una mano, hay que hacerlo.

Gilda se detuvo y miró a su asistente.

—Vicente es un hombre orgulloso. Si le ofrezco dinero por caridad, sentirá que lo estoy humillando y probablemente lo rechace.

Hacerlo de esta manera era la mejor opción. Ella lo ayudaba y él sentía que se ganaba cada centavo con su esfuerzo.

Y en cuanto terminara el mes de prueba...

Si él decidía quedarse, mantendría un sueldo excelente. Y si decidía irse... se iría con un buen colchón financiero. Nadie perdía.

—Jefa, de verdad, usted tiene un corazón de oro —Dalia la miró con absoluta devoción. Su admiración por Gilda acababa de multiplicarse por mil.

Gilda se limitó a sonreír suavemente.

—Jefa, ¿qué quiere almorzar hoy? —preguntó Dalia, cambiando de tema.

—Pide la comida a domicilio del restaurante de siempre —dijo Gilda con naturalidad. La sazón de ese lugar se parecía increíblemente a la de Héctor.

—Ah...

Dalia apretó la libreta contra su pecho, como si no supiera cómo soltar la bomba.

—¿Qué pasa? —Gilda levantó la vista—. Si tienes algo que decir, suéltalo.

—Jefa —Dalia sintió que le temblaban las piernas. Se dejó caer de rodillas junto al escritorio y susurró—: Es que... nunca hubo comida a domicilio de ningún restaurante. Todos esos platos los preparaba el señorito Héctor y me pedía que se los trajera.

El cuerpo de Gilda se tensó y sus pestañas temblaron.

—¿Qué dijiste?

—Fue durante esa época en la que ustedes dos estaban peleados —confesó Dalia, soltándolo todo—. El señorito tenía miedo de que usted siguiera enojada y no quisiera comer si sabía que lo había hecho él. A veces incluso se metía a escondidas en la cocina del estudio, cocinaba rapidísimo y se iba corriendo. Yo no quería ocultárselo, pero...

—Entendido —Gilda la escuchó en silencio—. No pasa nada, vuelve a tu trabajo.

—Jefa, ¿no está enojada? —preguntó Dalia, muerta de la culpa.

—No.

Gilda negó con la cabeza. Una vez que Dalia salió de la oficina, tomó el pequeño Amuleto de Zorra colgado en su bolso y lo apretó entre sus manos.

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