Entrar Via

Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1778

Al ver a Don Ignacio levantarse furioso, una sonrisa de burla asomó en los labios de Don Bartolomé.

Siempre se había dicho que el patriarca de los Lucero adoraba a su esposa como si fuera una reina y que en casa era un mandilón de primera. Si ella decía blanco, él jamás se atrevía a decir negro.

Pero, por lo visto, esos rumores eran exageraciones.

¿Qué hombre respetable iba a tolerar que su mujer lo dejara en ridículo frente a extraños, tomando decisiones por él?

Justo cuando los Valeriano se acomodaban para disfrutar del espectáculo y ver cómo el viejo ponía en su lugar a Doña Marcela...

Don Ignacio dio un giro de 180 grados. Miró al personal de servicio y bramó con furia:

—¡¿Quién sirvió este té?! ¡¿No saben que a mi esposa le da asco lo hipócrita que es el té verde?! ¡Sáquenme esta falsedad de aquí!

—M-mis disculpas, señor. Nos equivocamos —el sirviente se apresuró a retirar las tazas de té verde, cambiándolas rápidamente por unas elegantes tazas de té negro.

—Mjm. Ahora sí.

Doña Marcela le dio un sorbo al té negro, y su rostro se iluminó con satisfacción.

—El sabor del té verde es demasiado falso, me deja un mal sabor de boca. El té negro, en cambio, es perfecto. Auténtico y con un aroma que perdura.

—Qué bueno que te guste, mi amor.

Don Ignacio le dedicó una sonrisa cargada de absoluta devoción, y su voz pasó de ser un trueno a convertirse en pura miel.

—Por cierto, mencionaste que teníamos algo importante que hacer afuera, ¿verdad? Voy a cambiarme de ropa.

Al voltear, Don Ignacio se encontró con los rostros petrificados de los tres Valeriano.

—Ah, sí —Don Ignacio forzó una risa avergonzada, manteniendo el tono amable—. Amigo mío, mi esposa tiene asuntos muy urgentes que atender, así que me temo que no podré quedarme a platicar contigo.

»Pero la próxima vez... la próxima vez me sentaré contigo a tener una larga y profunda charla, te lo prometo.

...

En el ático.

Al ver a los dos ancianos montando aquella escena digna de un premio de la Academia, la sonrisa de Aldana se ensanchó cada vez más, y no dudó en elogiarlos:

—Vaya, no sabía que los abuelos tuvieran la actuación en la sangre.

—Probablemente lo aprendieron viendo las películas de tu madre. Son talentos autodidactas —comentó Feliciano en voz baja, con una sonrisa de medio lado.

¡Plaf!

Brunilda le dio un buen manotazo en el hombro, frunciendo el ceño con fingida molestia.

—No creas que no me doy cuenta de que te estás burlando de mí.

—Era un cumplido sincero, mi reina.

Feliciano le tomó la mano de inmediato, su aura de poder desinflándose como un globo frente a su esposa.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector