Tap... tap... tap...
Al escuchar el sonido de los pasos descendiendo por la escalera, todos en el salón giraron la cabeza al unísono.
Aldana llevaba un vestido blanco sin mangas, de corte clásico, que se ceñía perfectamente a su cintura. La falda caía justo por encima de las rodillas, luciendo unas piernas largas y delicadas.
Su largo cabello caía suelto sobre los hombros, y bajo las luces del salón, su piel parecía brillar con una luz propia, dándole un aire casi etéreo.
Pero, si uno miraba más de cerca...
Notaba que sostenía una bolsa de snacks de chocolate en la mano, y su expresión era de una pereza y relajación total.
Detrás de ella, como una sombra imponente, caminaba su esposo, Rogelio. En el brazo izquierdo llevaba el abrigo de su mujer, y en la mano derecha, un vaso con agua.
La presencia de ambos era sencillamente abrumadora. Se plantaron ahí con la majestuosidad inamovible de dos montañas, irradiando un poder que hacía que el aire en la sala se sintiera denso y sofocante.
Al verla entrar, Don Bartolomé apretó con tanta fuerza el puño alrededor de su bastón que los nudillos se le pusieron blancos.
Napoleón y Doña Regina intercambiaron una mirada ansiosa. De repente, se sintieron ridículamente intimidados.
—Me mandó a llamar, abuela.
Aldana le pasó la bolsa de snacks a Rogelio y caminó directamente hacia Doña Marcela, enlazando su brazo con el de la anciana con suma ternura.
—Así es, mi niña hermosa. Hay ciertas personas que vinieron con la intención de hablar contigo —Doña Marcela acarició la mano de su nieta política y le dedicó una sonrisa llena de cariño—. Ven, siéntate, corazón.
—Mjm.
Aldana asintió. Al bajar la mirada, notó que el asiento contiguo a su abuela estaba ocupado por Don Ignacio.
No había espacio para ella en ese sofá.
Estaba a punto de dirigirse a los sillones individuales cuando Doña Marcela le soltó una patadita discreta a la pierna de su esposo.
—Muévete de ahí y vete para allá. ¿No ves que estorbas?
—Ay, sí, claro.
El temible patriarca de los Lucero se levantó de un salto y obedeció sin chistar, trasladándose al sillón de al lado para sentarse frente a Rogelio.
La familia Valeriano estaba muda.
¿Qué clase de locura era esta?
Que Doña Marcela ocupara el asiento de honor y mandara sobre su marido, bueno, era un secreto a voces. Pero, ¡¿qué estatus se suponía que tenía esa chiquilla?!
¡¿El mismísimo Don Ignacio Lucero le había cedido el asiento?!
¡Eso iba en contra de cualquier jerarquía familiar!
Y, por si fuera poco, ¡ahí estaba el temido Rogelio Lucero, calladito, viendo cómo su esposa actuaba como la dueña absoluta del lugar, sin decir una sola palabra!
Al notar que los Valeriano la miraban fijamente, Rogelio alzó la vista. Sus oscuros ojos cayeron sobre ellos, fríos y letales como el hielo del invierno. Solo esa mirada bastó para que a los tres invitados se les erizara la piel.
Napoleón y su esposa bajaron la vista de inmediato, aterrorizados.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector