Era la pura verdad.
Aunque Camilo fuera el primogénito, en todo Bravaria, la posición del Mandatario era la máxima autoridad.
Incluso el viejo Don Belisario y Don Octavio, ya retirados, debían mostrarle el debido respeto al actual gobernante.
¿Camilo?
¡No era absolutamente nadie!
—Tú… —El rostro de Camilo cambió de color y estuvo a punto de estallar en cólera.
—Basta, baja de ahí de una vez —le ordenó Octavio en tono gélido, jalándolo hacia un lado.
—¡Padre…!
Camilo se sentía humillado; la rabia lo consumía y no estaba dispuesto a ceder.
Todo el poder, toda la gloria de Bravaria… ¡debían ser suyos! ¡Solo suyos!
—¿No me escuchaste? —La voz de Octavio se volvió amenazante—. ¡Baja de ahí!
Camilo recobró un poco la razón, reprimió su furia y, con el rabo entre las piernas, bajó del escenario.
Bien.
En cuanto él tomara el puesto de Mandatario, se aseguraría de hacerle la vida imposible a Darío.
—¿A qué se debe tu presencia? —Octavio se dirigió a Darío con una actitud diametralmente opuesta a la que había usado con Camilo—. Pensé que el abuelo no se sentía bien y te quedarías a cuidarlo en lugar de venir a la fiesta.
—Por supuesto, vine a felicitar a mi padre. —Darío ocupó su lugar central, enarcó una ceja y esbozó una sonrisa desinteresada—. Si no, ¿qué creía que venía a hacer?
Octavio se atragantó, sintiendo los nervios de punta.
Darío tenía un temperamento tan impredecible que nadie sabía qué barbaridad podía cometer.
—No voy a romperle las piernas a nadie en plena fiesta, ¿verdad? —añadió Darío.
Octavio se quedó mudo.
Camilo se tocó instintivamente su pierna lisiada, sintiendo que iba a desmayarse del coraje.
Los invitados, que escuchaban el sarcasmo punzante de Darío, no tuvieron más remedio que reírse nerviosamente y fingir que no habían entendido la indirecta.
—Padre, ¿por qué tan callado de repente? —insistió Darío al ver la cara descompuesta de Octavio—. ¿No estaba soltando un discurso maravilloso hace un momento?
Octavio apretó los puños. Se le borró por completo la sonrisa.
—Ya que mi padre no tiene nada más que decir, diré yo un par de palabras. —Darío relajó la postura y habló con parsimonia—: Después de escuchar tantos discursos, seguro que todos ustedes ya están cansados.
En cuanto a modales, nadie podía fallar en su presencia.
—Tengo trabajo que atender, me retiro. Disfruten la velada. —Darío soltó la servilleta y clavó la vista en Octavio—. Padre, ¿alguna última instrucción?
El rostro de Octavio estaba más negro que el carbón, pero tratando de salvar un poco de su dignidad, forzó una sonrisa.
—Los asuntos de Bravaria son primero. Ve a trabajar.
—De acuerdo.
Darío asomó una casi imperceptible sonrisa en sus labios y comenzó a caminar a zancadas hacia la salida.
Al pasar junto a Camilo, se detuvo un instante, alzó sus ojos oscuros y profundos, y soltó con voz tranquila:
—Joven amo Camilo, ya que tiene una pierna lastimada, no ande corriendo de un lado para otro. Vaya a ser que se lastime la otra.
Los ojos de Camilo se inyectaron en sangre, dejando que el odio desbordara por completo.
¿Qué significaba eso?
¿Una amenaza directa en su cara?
—Darío Alzamora… más te vale seguir siempre así de arrogante.

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