—Más te vale —gruñó Camilo, pronunciando cada palabra con resentimiento puro.
—Así lo haré.
Darío le respondió con indiferencia. Sin dignarse a mirarlo una segunda vez, continuó su camino con paso relajado.
Los presentes se miraron los unos a los otros, incómodos.
Por un instante, nadie supo si debían sentarse a seguir comiendo o no.
***
Tras salir del salón, Darío se dirigió a la habitación de Don Belisario.
—¡Quién es! —exclamó el anciano al escuchar los golpes en la puerta, apresurándose a esconder bajo la cama el pollo frito que había mandado a pedir a escondidas.
—¡No finja!
Darío entró en la habitación y soltó con voz plana, dibujando una leve sonrisa.
Don Belisario se sintió atrapado, así que sacó torpemente lo que le quedaba de comida.
—¡Solo me comí dos piezas!
—Es suficiente.
Darío le quitó el plato con severidad.
—A partir de ahora, solo podrá darse estos lujos una vez al mes.
—¡De ninguna manera!
—¿Ah, no? —Darío lo miró fijamente, con un tono casual—. Entonces, cuando tenga un bisnieto, no dejaré que lo cargue ni para jugar.
—¿Bisnieto?
El anciano se quedó paralizado un par de segundos y luego preguntó intrigado:
—¿Cuál bisnieto? ¿Acaso esa chiquilla ya está embarazada?
—Todavía no —respondió Darío, sumamente serio—. Que no lo esté ahora no significa que no lo estará después. De todos modos, tarde o temprano sucederá.
—Mocoso insolente, nomás me ilusionas, ¿verdad?
Aunque se quejara, en el fondo Don Belisario rogaba que llegara ese día.
Su nieto había estado demasiado solo desde niño. Merecía tener una familia que lo amara de verdad.
—El doctor ya me revisó. Mi salud está en perfectas condiciones —murmuró el anciano, comprendiendo el verdadero motivo de su visita—. Ya llevas muchos días aquí, seguro que la extrañas.
»Vete ya, yo estaré bien por mi cuenta.
—Le pediré a Anselmo que lo lleve a hacerse revisiones médicas con regularidad —dijo Darío, sentándose frente a su abuelo—. Y mientras yo no esté, no quiero que coma porquerías a escondidas. Cuídese bien.
»En cuanto termine unos pendientes, vendré a verlo de nuevo.
—Yo conozco mi cuerpo mejor que nadie. —El anciano miró hacia el horizonte con una expresión indescifrable—. Manda a vigilar a Octavio y a Camilo. Si se atreven a intentar alguna estupidez, esta vez no tendré ninguna piedad.
***
En la capital.
Lourdes, tras haber «acosado» telefónicamente a todo el mundo y quedarse sin planes, no tuvo más remedio que volver al hotel.
Darío le había dicho que se iría una semana y apenas iban cuatro días.
Aún faltaban dos o tres para su regreso.
Lourdes entró en la habitación y se dejó caer de bruces sobre la cama.
El sueño la venció rápidamente.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que sintió que alguien empujaba la puerta y se acercaba con pasos muy silenciosos.
Abrió los ojos.
Una silueta inconfundible apareció frente a ella.
«¿Eh?», pensó Lourdes.
¿Estaría soñando?
¿Una alucinación?

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