No podría ocultárselo a Darío.
Además, faltaba menos de una semana para la boda de Gilda.
Y una vez terminara la boda, Darío también se marcharía.
Decidiría si abortar o tenerlo en ese momento.
***
Casino Costa Oeste.
Faltaban tres días para su regreso a la capital, por lo que había muchísimo trabajo que dejar en orden.
Cuando Lourdes regresó a su oficina...
Darío estaba frente a su escritorio, organizando con suma concentración unos archivos y reportes.
Desde que él se había convertido en su acompañante, ella apenas tenía que preocuparse por el trabajo del casino.
Pero una vez que terminara la boda, sus vidas no volverían a cruzarse jamás.
—Ya regresaste, mi señorita.
Al escucharla entrar, Darío se dio la vuelta. Su rostro, hasta entonces serio y concentrado, se iluminó con una sonrisa.
—Sí.
Lourdes avanzó hacia el sofá y lanzó ahí su bolso y su abrigo—: ¿Terminaste todo?
—Terminado.
Darío asintió con suavidad—: Solo falta que pongas tu firma y listo.
—Perfecto.
Lourdes caminó hasta quedar frente a él, levantó la barbilla para mirarlo y preguntó:
—Te has portado muy bien, ¿quieres un premio?
Darío la tomó de la cintura. Su manzana de Adán subió y bajó, pero no se atrevió a decir nada.
Desde aquella vez que ella lo había empujado al piso, llevaba dos meses durmiendo solo.
Durante todo ese tiempo, cualquier beso o abrazo íntimo había sido vetado.
Así que, ¿cómo se atrevería a pedir algún otro beneficio?
—Habla de una vez —dijo Lourdes. Se puso de puntillas y le dio un casto beso en la comisura de los labios—. Darío Alzamora, qué cobarde te has vuelto.
Darío frunció el ceño, apretando sus brazos alrededor de su cintura con repentina fuerza.
La levantó en peso y la sentó sobre el escritorio. Apoyó ambas manos a los lados de ella y su voz sonó grave, en un delicado equilibrio entre el deseo y el autocontrol:
—¿Puedo besarte, mi señorita?
—¡Hablas demasiado!
Lourdes curvó sus labios rojos, pasó los brazos alrededor de su cuello y lo atrajo para besarlo.

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