Faltaban solo ocho días para su partida.
—El traspaso de mis tareas lleva tiempo —respondió Darío Alzamora con voz apagada—. Últimamente he estado evaluando al personal para encontrar a alguien adecuado que me reemplace.
—Hazlo rápido.
Lourdes Yáñez estaba de espaldas a él, con un tono gélido.
Vagamente, se podía percibir un doble sentido en sus palabras.
—Lo haré.
Darío no se atrevía a desobedecer, al fin y al cabo, aún tenía ocho días.
Siempre habría más soluciones que problemas.
«¿Irme?»
«Es imposible que me vaya.»
***
Al volver a casa.
Lourdes no pudo aguantar más y corrió al baño a vomitar.
A medida que avanzaban los meses, los síntomas del embarazo se volvían más evidentes.
—¿Puedes quedarte quieto un rato? —Lourdes se dio unas suaves palmaditas en el vientre, quejándose en voz baja—: ¿Qué vamos a hacer si tu papá se entera?
Él ya no quería irse de por sí; si además descubría lo del bebé, tendría la excusa perfecta para hacer un berrinche y quedarse.
—Si sigues dando guerra, esta noche te quedas sin comer.
Si ella no comía, él tampoco.
Parecía que el bebé realmente se asustó con la amenaza, porque durante el resto de la noche Lourdes no volvió a sentir molestias.
Después de cenar, se recostó en el sofá y le dijo a Darío:
—Quiero comer unas naranjas.
—¿Naranjas?
Darío, que estaba lavando los platos, la miró sorprendido: —Las naranjas están un poco ácidas. ¿No decías que antes no tocabas ese tipo de cosas?
—Antes era antes —Lourdes tragó saliva, hablando con un tono caprichoso—. Deja de hablar y apúrate.
—Está bien.
Darío sonrió, sacó unas naranjas del refrigerador.
Las lavó, las peló y las acomodó en un plato.
Al lado puso unos elegantes tenedores dorados para fruta.
—Por si te parecen muy ácidas, te puse unas fresas dulces a un lado —dijo Darío suavemente mientras dejaba el plato en la mesa.
—No voy a poder comer tanto —murmuró Lourdes mirando el plato.
—No te preocupes, yo me como lo que sobre —respondió él. Luego se sentó a su lado, le levantó las piernas para apoyarlas sobre las suyas por costumbre y comenzó a darle un masaje.
...
Abrió los ojos y lo primero que vio fue el atractivo rostro de Darío.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días.
Había que admitirlo, Darío era increíblemente guapo.
Tenerlo así de frente, tan de repente, era suficiente para hacer que a cualquiera se le acelerara el corazón.
—¿Qué haces en mi cuarto? —preguntó Lourdes parpadeando.
—¿Mmm?
Darío la miró con ternura y respondió en voz baja: —Porque la señorita me llamó.
—¿Eh?
—Sí —Darío mostró una sonrisa triunfante y articuló cada palabra con claridad—: Me llamaste en sueños, y muy fuerte.
...
Lourdes abrió la boca, incapaz de refutar.
Porque, de hecho, había soñado con él.
Soñó que Darío la tomaba del cuello y le reclamaba: «Lo del bebé, ¿por qué no me lo dijiste?».
Y se había despertado del susto.

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