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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1958

—¡Me parece perfecto!

Aldana se sentó en el centro de la mesa de cartas y Rogelio se acomodó a su lado.

—¡Quiero un poco de fruta y algunos postres, y también un jugo de mango!

—¡En seguida!

Poco después, los empleados trajeron lo solicitado.

Aldana "de verdad" no sabía jugar; perdió dos de tres rondas y se quedó sin un millón.

Rogelio intentaba calmarla a su lado:

—Ya se te acabó la suerte de principiante, ¿mejor lo dejamos aquí?

—¡No!

Aldana comía fruta y negaba con la cabeza:

—¡Tengo que recuperar lo que perdí!

El empleado rio para sus adentros.

Exactamente.

Esa era la mentalidad perfecta para sacarles todo el dinero.

—De acuerdo, sigue jugando —Rogelio sonrió y comenzó a pelarle pacíficamente unos piñones.

***

Mientras tanto.

En una oficina no muy lejana, Hernán Mendoza estaba sentado frente a unas enormes pantallas de seguridad. Bebía vino tinto y observaba con aire perezoso lo que sucedía en la sala de cartas.

—Ya perdieron casi todo lo que habían ganado.

El subordinado reportó con respeto:

—Es evidente que esta señora no tiene idea de cómo jugar cartas, solo está tirando su dinero.

—Si la dejamos perder todo el tiempo, ¿cómo va a seguir la partida?

Hernán sonrió levemente y dio una orden:

—Déjenla ganar un poco, no asusten a nuestra presa.

Aunque...

¿Quién era ese millonario? ¿Por qué nunca lo había visto en Bravaria?

***

Media hora después.

Aldana fue perdiendo el interés y la paciencia. Giró la cabeza hacia Rogelio:

—¡Qué aburrido, mi amor! ¿Podemos apostar más fuerte?

—Por supuesto.

Rogelio empujó con indiferencia todas sus fichas al frente:

—En esta ronda, apuesto a que mi esposa tiene la carta más alta.

...

El crupier miró las fichas y calculó que debían ser cerca de diez millones.

Eso los convertía en clientes de alto nivel en el Casino Amanecer.

Se revelaron las cartas.

—De acuerdo.

Rogelio se levantó y rápidamente desapareció de la sala.

—Cinco millones.

Apenas se fue, Aldana empujó sus fichas y arqueó una ceja hacia el crupier:

—¿Vas a igualar o te rindes?

—¡Igualo, por supuesto! —El crupier sonrió sutilmente, seguro de su victoria.

Ese sujeto estaba loco al dejar a una novata jugando sola a las cartas.

¡Y con apuestas tan altas!

Seguramente, cuando volviera, la cuenta ya estaría en ceros.

—¡Otros cinco millones!

Aldana volvió a subir la apuesta y el crupier la igualó.

—¡Cinco millones más!

Aldana subió por tercera vez, y el crupier dudó un instante.

—Hagamos esto más emocionante.

Aldana explicó las reglas a detalle: en cada mano apostarían a ciegas.

Pero no revisarían el resultado de inmediato; dejarían las cartas a un lado y revelarían las de las tres manos juntas al final.

—¿Apostar tan fuerte? —El crupier miró los millones en fichas sobre la mesa y, sin atreverse a tomar la decisión, solicitó permiso a Hernán.

Desde la sala de cámaras, Hernán estaba al tanto de todo.

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