—¡Me parece perfecto!
Aldana se sentó en el centro de la mesa de cartas y Rogelio se acomodó a su lado.
—¡Quiero un poco de fruta y algunos postres, y también un jugo de mango!
—¡En seguida!
Poco después, los empleados trajeron lo solicitado.
Aldana "de verdad" no sabía jugar; perdió dos de tres rondas y se quedó sin un millón.
Rogelio intentaba calmarla a su lado:
—Ya se te acabó la suerte de principiante, ¿mejor lo dejamos aquí?
—¡No!
Aldana comía fruta y negaba con la cabeza:
—¡Tengo que recuperar lo que perdí!
El empleado rio para sus adentros.
Exactamente.
Esa era la mentalidad perfecta para sacarles todo el dinero.
—De acuerdo, sigue jugando —Rogelio sonrió y comenzó a pelarle pacíficamente unos piñones.
***
Mientras tanto.
En una oficina no muy lejana, Hernán Mendoza estaba sentado frente a unas enormes pantallas de seguridad. Bebía vino tinto y observaba con aire perezoso lo que sucedía en la sala de cartas.
—Ya perdieron casi todo lo que habían ganado.
El subordinado reportó con respeto:
—Es evidente que esta señora no tiene idea de cómo jugar cartas, solo está tirando su dinero.
—Si la dejamos perder todo el tiempo, ¿cómo va a seguir la partida?
Hernán sonrió levemente y dio una orden:
—Déjenla ganar un poco, no asusten a nuestra presa.
Aunque...
¿Quién era ese millonario? ¿Por qué nunca lo había visto en Bravaria?
***
Media hora después.
Aldana fue perdiendo el interés y la paciencia. Giró la cabeza hacia Rogelio:
—¡Qué aburrido, mi amor! ¿Podemos apostar más fuerte?
—Por supuesto.
Rogelio empujó con indiferencia todas sus fichas al frente:
—En esta ronda, apuesto a que mi esposa tiene la carta más alta.
...
El crupier miró las fichas y calculó que debían ser cerca de diez millones.
Eso los convertía en clientes de alto nivel en el Casino Amanecer.
Se revelaron las cartas.
—De acuerdo.
Rogelio se levantó y rápidamente desapareció de la sala.
—Cinco millones.
Apenas se fue, Aldana empujó sus fichas y arqueó una ceja hacia el crupier:
—¿Vas a igualar o te rindes?
—¡Igualo, por supuesto! —El crupier sonrió sutilmente, seguro de su victoria.
Ese sujeto estaba loco al dejar a una novata jugando sola a las cartas.
¡Y con apuestas tan altas!
Seguramente, cuando volviera, la cuenta ya estaría en ceros.
—¡Otros cinco millones!
Aldana volvió a subir la apuesta y el crupier la igualó.
—¡Cinco millones más!
Aldana subió por tercera vez, y el crupier dudó un instante.
—Hagamos esto más emocionante.
Aldana explicó las reglas a detalle: en cada mano apostarían a ciegas.
Pero no revisarían el resultado de inmediato; dejarían las cartas a un lado y revelarían las de las tres manos juntas al final.
—¿Apostar tan fuerte? —El crupier miró los millones en fichas sobre la mesa y, sin atreverse a tomar la decisión, solicitó permiso a Hernán.
Desde la sala de cámaras, Hernán estaba al tanto de todo.

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