Casino Costa Oeste.
Lourdes Yáñez estaba terminando un delicioso desayuno, cuando escuchó que alguien había causado un gran alboroto en el casino de Hernán Mendoza.
Con solo tres manos de cartas, se llevaron más de ciento treinta millones del Casino Amanecer.
—¿Acaso en Bravaria existe alguien con tales habilidades divinas? —Lourdes se echó a reír, entornando los ojos y preguntándole a Don Eu.
—Así es, señorita Yáñez —asintió Don Eu en voz baja—. Escuché que hubo un pequeño desacuerdo cuando iban a entrar, querían venir a nuestro casino, pero la gente del Amanecer prácticamente los obligó a entrar al suyo.
—Jajaja...
Al escuchar esto, Lourdes casi se cae del sofá de la risa.
Era demasiado gracioso.
El casino de Hernán pensó que había encontrado a la gallina de los huevos de oro y no querían dejarlos ir.
¡Resulta que metieron a dos demonios disfrazados!
Más de cien millones... a ese avaro de Hernán seguro le estaba saliendo sangre por la boca de la rabia.
Con solo imaginar la escena, Lourdes no podía dejar de reír.
—Señorita, tenga cuidado. —Al verla retorcerse de la risa, Don Eu la sostuvo rápidamente para que no perdiera el equilibrio.
Se estaba riendo con tanta fuerza que el bebé en su vientre debía sentir que estaba en una montaña rusa.
Si le daba náuseas matutinas más tarde, sería un problema.
—¡Un momento!
En medio de la risa, Lourdes sintió que algo andaba mal.
Se sentó recta, ladeó la cabeza y parpadeó, sumida en sus pensamientos.
—¿Qué sucede, señorita Yáñez?
Al verla sentada en silencio, con una expresión tan seria, el corazón de Don Eu dio un vuelco:
—¿Se siente mal? ¿Le duele el vientre?
Al escucharlo, Lourdes lo miró fijamente, con una mirada afilada.
Don Eu bajó la mirada de inmediato, mostrando un destello de arrepentimiento y nerviosismo.
Maldición.
Estaba tan preocupado que había revelado algo que no debía.
Lourdes se puso de pie, acercándose poco a poco a Don Eu con la mirada helada:

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