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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 180

—De acuerdo —se rio Lucio levemente.

Soltó el hombro de Úrsula, abrió los brazos, dio dos pasos al frente y miró a don Gonzalo: —Me quedaré si quieres, pero déjala ir a ella.

Antes de que el señor Silva pudiera responder, Adriana intervino de inmediato: —De ninguna manera.

Lucio le dedicó una mirada perezosa y fría.

Adriana se volvió hacia el señor Silva: —Hermano, ¿y si ella también tiene que ver con lo que le pasó a Caleb?

Lucio se burló con tono desenfadado: —Muerdes a cualquiera que se te cruza por delante como un perro rabioso. Si estás enferma, ve a curarte. Si no recuerdo mal, ayer fuiste la primera en quejarte del hijo menor del viejo, y hoy fuiste la primera que quería huir de aquí. Pareces mucho más sospechosa que yo. ¿Por qué no nos quedamos los dos juntos para hacernos compañía?

Luego se volvió hacia don Teo: —Ya que prefieren castigar a un inocente antes que dejar libre al culpable, asumo que el tío abuelo nos tratará a los dos por igual, ¿verdad?

Don Teo, fingiendo imparcialidad, asintió: —Por supuesto.

El rostro de Adriana se tornó pálido de ira: —¡Tío!

Don Teo levantó la mano: —Si no has hecho nada malo, ¿a qué le temes?

Adriana respiró hondo, frustrada: —Me quedaré entonces, no he hecho nada.

Lucio arqueó una ceja: —¿Ah, sí?

Dejó escapar una risa ambigua y oscura.

Esa carcajada le revolvió el estómago a Adriana, haciéndola apartar la mirada por puro instinto.

Don Teo habló: —Lucio, ¿estás satisfecho ahora?

Lucio levantó la mano: —Repito lo que dije. Me quedo, pero ella se va.

—¡No abuses de tu suerte! —gruñó don Gonzalo enfurecido.

Lucio se quedó de pie, con una mano en el bolsillo, y su esbelta figura proyectando una arrogancia descuidada: —¿A esto le llamas abusar de mi suerte?

El señor Silva lo miraba con furia asesina.

A Lucio no le importaba en absoluto la intensidad de las miradas fijas en él. De hecho, desde el principio, ninguno de los miembros de la familia Silva, incluido don Gonzalo, significaba nada para él.

Parado justo en el centro del imponente salón, barrió con la mirada a todos los presentes, escrutando la expresión de cada uno.

Finalmente, su mirada arrogante y desinteresada recayó sobre la figura demacrada de don Teo, que seguía apoyado en su bastón.

De pronto.

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