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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 23

POV Evania

Me senté lentamente en el sofá.

Mis manos temblaban mientras sostenía el acta de divorcio.

Ahí estaba. Su firma. La mía.

Miré el documento durante varios segundos sin poder apartar los ojos.

—Mañana, a las diez, vamos al juzgado —dijo Lisandro.

Levanté la mirada.

Él estaba de pie frente a mí.

Sus ojos estaban enrojecidos.

—Bien.

Mi voz salió apenas como un susurro.

Lisandro guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Cómo se lo dirás a los niños?

Sentí un dolor profundo en el pecho.

Nuestros hijos.

Ellos eran lo único que conseguía hacerme dudar.

Los imaginé, preguntando por su padre, buscando sus brazos, esperando que apareciera en la puerta como todos los días.

Tragué saliva.

—Lo haré.

Lisandro asintió.

No dijo nada más.

Se giró y caminó hacia la puerta.

Yo seguí mirando el documento.

Cuando salió, la puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.

El sonido retumbó por toda la habitación.

Apreté el acta entre mis manos.

Por un instante tuve la sensación de estar viviendo un sueño. O, mejor dicho, una pesadilla.

Me había divorciado.

Después de tantos años, finalmente era libre de aquel matrimonio que había comenzado por accidente.

Un embarazo que ninguno de los dos había planeado.

Una relación que comenzó bajo circunstancias difíciles y que, durante un tiempo, intentamos convertir en algo verdadero. Pero no había funcionado.

Mis lágrimas comenzaron a caer.

No pude detenerlas.

Me cubrí el rostro con las manos y lloré en silencio.

Porque la verdad era que todavía lo amaba.

Sí. Lo amaba.

No tenía sentido mentirme ahora.

Mi corazón conocía la verdad.

Todavía lo amaba.

Y quizá ese era precisamente el problema.

Porque ¿para qué amar así?

¿Para qué amar a alguien mientras recibía desprecio?

¿Para qué permanecer al lado de una persona que podía hacerme sentir completamente sola incluso estando a pocos metros de mí?

Me limpié las lágrimas.

No. Yo no merecía eso.

Mis hijos tampoco.

Si me quedaba, algún día ellos crecerían y comenzarían a entender lo que ocurría entre nosotros.

Y entonces, ¿qué les enseñaría?

¿Que una mujer debía aceptar las migajas de amor que le dieran?

¿Que debía permanecer en un matrimonio roto solamente porque tenía miedo de estar sola?

¿Que debía soportar el desprecio para mantener una familia aparentemente perfecta?

No. No podía hacerles eso.

Me levanté.

Era hora de enfrentar mi realidad.

Tomé mi bolso, guardé el documento y decidí ir por mis hijos.

***

Cuando llegué a casa de Pilar, lo primero que hice fue hablar con ella.

No quería que los niños escucharan nuestra conversación.

Pilar me recibió con una sonrisa que desapareció en cuanto vio mi rostro.

—Evania... ¿qué pasó?

No pude responder inmediatamente.

Bajé la mirada.

—Lisandro y yo… nos vamos a divorciar, firmamos el acta.

Ella entendió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sabía...

Su voz se quebró.

—Sabía que esto terminaría así.

Me acerqué y la abracé.

Verla llorar me rompió por dentro.

A pesar de todo lo que había sucedido, Pilar siempre había sido importante para mí.

—Lo siento —murmuré.

—No tienes que disculparte.

Ella me sostuvo entre sus brazos.

—Tú intentaste demasiado, Evania.

Entonces escuchamos pasos.

Cinthia entró en la habitación.

Nos miró. Después observó a su madre llorando.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Por qué haces llorar a mi madre?

La miré.

Antes de que pudiera responder, Pilar habló.

—Ella no me hizo llorar.

Cinthia frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué pasó?

Pilar se limpió las lágrimas.

—Tu hermano aceptó divorciarse de Evania.

Cinthia me miró.

Y, sonrió.

—Así que al fin lo dejas ser libre.

Sentí un golpe en el pecho.

Pero antes de que pudiera responder, Pilar levantó la mano.

La bofetada resonó en toda la habitación.

—¡Cállate, tonta!

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