POV Evania.
Cuando finalmente vinieron a revisarme, supe que había llegado el momento.
Una enfermera entró en la habitación y revisó nuevamente mis signos vitales.
Después habló con el médico durante unos segundos y finalmente se acercó a mí.
—Evania, vamos a llevarla al quirófano.
Sentí que el corazón se me detenía.
Asentí lentamente.
Me trasladaron por los pasillos del hospital sobre aquella camilla.
Las luces del techo pasaban una detrás de otra sobre mis ojos mientras avanzábamos.
Cada una parecía acercarme más a una realidad que no quería aceptar.
Cuando las puertas del quirófano se abrieron, un escalofrío recorrió mi cuerpo.
El lugar estaba frío.
Había personas moviéndose de un lado a otro, preparando instrumentos, revisando máquinas y hablando entre ellas con una tranquilidad que me resultaba extraña.
Para ellos era un procedimiento.
Para mí era la despedida de mi hijo.
Miré el techo.
Por primera vez desde que había entrado al hospital, pensé en algo diferente.
¿Y si no salía de allí?
¿Y si algo salía mal?
¿Y si mi cuerpo no soportaba el procedimiento?
Pensé en mis hijos. En sus rostros. En sus voces.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No podía dejarlos.
—Tranquila —me dijo una enfermera—. Estamos aquí para cuidarla.
Asentí.
Me colocaron sobre la mesa quirúrgica.
Revisaron mi presión arterial.
El aparato comenzó a inflarse alrededor de mi brazo.
Esperé.
La enfermera observó la pantalla y frunció ligeramente el ceño.
—Su presión está elevada.
Intenté respirar. Me pusieron la epidural que dolió de nuevo como un infierno.
Mi cuerpo estaba agotado, mi corazón estaba destrozado y mi mente no dejaba de pensar en lo que estaba a punto de suceder.
Comenzaron a prepararme para la anestesia.
Sentí una pequeña presión.
Después llegó la primera dosis.
Casi inmediatamente comencé a sentir cómo mi cuerpo se volvía pesado.
Mis piernas dejaron de responder de la misma manera.
Poco a poco dejé de sentirlas.
—No puedo sentir de la cintura hacia abajo —murmuré.
—Es normal —respondieron.
Pero entonces escuché otra voz.
—Su presión está subiendo.
Abrí los ojos.
El miedo volvió de golpe.
—¿Qué pasa?
—Tranquila, señora.
Una enfermera se acercó con unos documentos.
—Necesitamos colocarle más anestesia. Firme aquí, por favor.
Miré el papel.
Las letras parecían moverse frente a mis ojos. Tomé el bolígrafo con manos temblorosas.
Firmé.
Después dejé caer la mano sobre la mesa.
Las luces sobre mi cabeza eran demasiado brillantes.
Intenté cerrar los ojos.
No sentía dolor.
No sentía nada. Solo miedo.
Escuchaba voces a mi alrededor, pero cada vez parecían más lejanas.
Como si estuviera hundiéndome lentamente bajo el agua.
Y entonces pensé en él. Lisandro.
No pude evitarlo.
A pesar de todo.
Mi mente volvió a aquel hombre que alguna vez me hizo sentir amada.
Lo imaginé acercándose a mí.
Tomando mi mano.
Mirándome con aquellos ojos que alguna vez conocí tan bien.
En mi imaginación, estaba conmigo.
No me dejaba sola.
—Lisandro… —susurré.
Sentí lágrimas deslizándose por mis sienes.
Quise decirle tantas cosas. Quise preguntarle por qué.
Quise reclamarle. Quise abrazarlo.
Pero ya no podía distinguir si estaba despierta o soñando.
Las voces se hicieron más lejanas.

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