POV Lisandro
—Pronto estaré divorciado y voy a casarme con Constanza.
Las palabras salieron de mi boca con una seguridad que, en aquel momento, yo mismo no sentía.
Sin embargo, cuando terminé de pronunciar aquella frase, sentí algo extraño en el pecho.
Dolió. Demasiado.
Bajé la mirada, confundido por mi propia reacción.
Quizá era lo correcto.
Quizá aquello era lo que siempre debió ocurrir.
Entonces, ¿por qué sentía que algo dentro de mí se estaba rompiendo?
Hace unas horas el doctor dio la mala noticia del diagnóstico de Constanza, y eso más la petición de Irene, me llevaron a esa decisión.
—Lo siento mucho —dijo.
—¿Qué tiene? —pregunté.
El médico nos explicó el diagnóstico.
Leucemia. Una enfermedad que podía ser tratada, sí, pero cuyo pronóstico en su caso era delicado y requería comenzar el tratamiento cuanto antes.
Irene se llevó las manos al rostro.
—Dios mío...
Después me abrazó.
Lloraba sin control.
—Tenemos que buscar a alguien que pueda salvarla —dijo entre sollozos—. Mi pobre sobrina no merece esto. Ella ha sufrido demasiado.
La abracé también. No sabía qué decir.
Yo quería creer que encontraríamos una solución.
Porque no estaba preparado para imaginar a Constanza morir.
Entonces Nick llegó.
Apenas escuchó el diagnóstico, perdió completamente el control.
—¡Esto no es justo!
Golpeó la pared con el puño.
—¡Ella no puede morir! ¡No puede!
—Nick...
—¡Ella no lo merece! —gritó—. ¿Por qué ella? ¿Por qué tiene que pasarle esto?
Respiró agitado.
Entonces dijo algo que me hizo levantar la cabeza.
—La que lo merece es Evania. Ella merece morir.
—¡Cállate!
Mi voz salió con una dureza que incluso a mí me sorprendió.
Nick me miró con rabia.
—¿Por qué la defiendes?
No respondí.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Acaso esa bruja que se metió en tu cama a la fuerza logró enamorarte?
Me quedé perplejo.
Sentí que aquella pregunta me había desnudado delante de todos.
Porque no sabía qué responder.
Durante tanto tiempo había repetido que Evania era un error.
Pero ahora...
Ahora aquella palabra, me golpeaba de una manera diferente.
Miré al suelo.
—Es la madre de mis hijos.
Fue lo único que pude decir.
En ese momento, una enfermera apareció.
—Señores...
Todos volteamos.
—La paciente despertó.
Sentí un sobresalto.
—Y preguntó específicamente por el señor Lisandro Santillán.
Irene tomó mi brazo.
—Vamos. Tenemos que decirle la verdad.
Asentí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por un embarazo accidental