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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 31

POV Evania

Conduje sin saber exactamente hacia dónde iba.

Solo quería alejarme.

Alejarme de aquella casa.

Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que me dolían los dedos.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero me negaba a detenerme.

No quería que nadie me viera llorar.

Otra vez.

Ya había llorado demasiado delante de ellos.

Había suplicado demasiado.

Había intentado explicar demasiadas veces que yo no era la mujer que todos habían decidido convertir en la culpable de sus desgracias.

Pero nadie quiso escucharme.

Así que seguí conduciendo.

Hasta que encontré un hotel de paso.

Estacioné frente a la entrada y respiré profundamente antes de bajar.

Pagué una noche.

Solo necesitaba un lugar donde pudiera estar sola.

Donde nadie pudiera verme.

Donde pudiera permitirme derrumbarme.

Entré a la habitación, cerré la puerta y dejé el bolso sobre una silla.

Entonces recordé a mis hijos.

Tomé el teléfono y llamé a Pilar.

—¿Puedes ayudarme con los niños?

No tuve que explicar demasiado.

Pilar conocía mi voz.

Sabía que algo no estaba bien.

—Claro, Evania. No te preocupes. Yo me encargo de ellos.

—Gracias.

Colgué.

Y entonces el silencio de aquella habitación se volvió insoportable.

Me senté en el borde de la cama.

Miré las paredes blancas.

Todo era impersonal. Frío.

Entonces pensé en mi madre. Mi corazón se apretó.

Ella estaba allá. En el hospital. Cuidando a Constanza. Acompañándola.

Llorando por ella. Preocupándose por ella.

Y yo... Yo estaba sola en una habitación de hotel.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Acaso no soy tu hija?

La pregunta salió en un susurro.

No había nadie para responderme.

—¿Acaso nunca me amaste?

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Porque quizá no existe un dolor más profundo que descubrir que la persona que te dio la vida no te ama como tú necesitabas.

Una madre debería ser refugio.

Debería ser ese lugar al que uno puede regresar incluso después de equivocarse.

Yo había pasado años esperando que mi madre me mirara y dijera:

“Hija, estoy contigo.”

Pero nunca ocurrió.

Me recosté en la cama.

Y lloré.

Lloré todo lo que no había podido llorar delante de ellos. Lloré por mi matrimonio.

Por mis hijos. Por mi madre.

Por todo lo que había perdido.

Lloré por aquella versión de mí misma que alguna vez creyó que podía tener una familia feliz.

Sentí que las lágrimas me inundaban por dentro.

Me cubrí el rostro con ambas manos.

—¿Por qué me hicieron esto?

No obtuve respuesta.

Solo escuché el sonido de mi propia respiración entrecortada.

Entonces mi teléfono vibró.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar. Una vez. Otra. Y otra.

Lo tomé.

Tenía muchas llamadas perdidas.

De Lisandro.

Me quedé mirando su nombre durante varios segundos. No quería hablar con él.

No quería escuchar su voz.

Porque sabía que, en cuanto lo hiciera, todo el dolor volvería.

Pero finalmente me armé de valor.

Contesté.

—¿Qué quieres?

Hubo silencio al otro lado.

—Evania...

—Habla.

—No tienes que ser tan dura.

Solté una risa amarga.

—¿Dura?

No podía creerlo.

—¿Después de todo lo que hiciste todavía tienes el descaro de decirme eso?

Lisandro suspiró.

—Voy a ir por mis cosas. Me iré de la casa hoy. Mañana podremos ir al registro civil.

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