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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 33

POV Evania

Intenté irme, pero su voz me detuvo.

—No estoy de acuerdo con la custodia.

Miré a Lisandro directamente a los ojos.

No iba a bajar la mirada, no esta vez.

—¿No? —pregunté con calma—. Entonces nos vamos a juicio.

Lisandro frunció el ceño.

—Evania...

—Mira, tú vas a casarte con otra mujer. No voy a permitir que mis hijos sufran viviendo de una casa a otra sin saber dónde pertenecen. Ellos necesitan estabilidad, no un matrimonio nuevo que los convierta en invitados en la vida de su propio padre.

Él apretó la mandíbula.

—Son mis hijos.

—Y también son míos. Por eso estoy pensando en ellos.

Respiré profundamente antes de continuar.

—Los recoges el sábado. Pasan el fin de semana contigo y el domingo, antes de que termine la noche, me los regresas. Navidad y Año Nuevo serán un día contigo y un día conmigo. Ambos deben celebrar con los dos padres. Las vacaciones las dividiremos. Verano contigo, invierno conmigo, o al revés. Ya lo veremos. Los cumpleaños también los organizaremos de manera que ellos puedan estar con ambos.

Hice una pausa.

—Pero no vas a convertir sus vidas en un caos.

Lisandro me miró con incredulidad.

—Evania, estás siendo injusta.

Solté una pequeña risa, aunque no había nada gracioso en aquella situación.

—Joder, no hables de justicia. Los dos sabemos la verdad sobre eso.

Sus ojos se endurecieron.

—No tienes derecho a...

—¿A qué? ¿A decir lo que pienso? —lo interrumpí—. Ya tuve suficiente tiempo para quedarme callada.

Por primera vez, Lisandro no encontró una respuesta inmediata.

—Sobre la pensión —continué—, será la que marqué la ley. No quiero que me des más de lo que corresponde ni que algún día puedas utilizar el dinero para decir que dependemos de ti. Y tampoco vamos a vivir en esa casa.

—¿Qué?

—Compré otra.

Su rostro cambió.

—¿Compraste otra casa?

—Sí.

—Evania, no tienes que irte a ese extremo.

Lo miré durante unos segundos.

—Para mí no es un extremo. Es empezar de nuevo.

No quería seguir discutiendo.

No quería que mis hijos escucharan más reproches entre nosotros.

Así que simplemente tomé mi bolso.

—Ya me voy. En dos días nos vemos en el juzgado.

En ese momento escuché las vocecitas de los niños.

—¡Mamá!

Amy y Luciano corrieron hacia nosotros.

Mi corazón se ablandó inmediatamente.

Me agaché para recibirlos y los abracé con fuerza.

—Mis amores, despídanse de papito. Lo van a ver el fin de semana.

Los dos fueron hacia Lisandro.

Él se agachó y los abrazó, besándolos varias veces.

Los observé en silencio.

Aquella escena dolía.

Porque, a pesar de todo lo que había sucedido entre nosotros, él seguía siendo su padre. Y yo jamás iba a castigar a mis hijos por los errores de los adultos.

—Los amo —les dijo Lisandro.

—Nosotros también, papito —respondió Luciano.

Los niños le dieron un último beso y después levantaron sus pequeñas manos para despedirse.

—Adiós, papito.

—Adiós, mis bebés.

Tomé sus manos y salimos.

Al llegar al estacionamiento, dejé allí el auto que pertenecía a Lisandro.

No quería llevarme absolutamente nada que pudiera recordarme que alguna vez había vivido bajo sus reglas.

Tomamos un taxi.

Durante el trayecto, los niños no dejaron de mirar por la ventana.

Poco después llegamos a otro barrio.

El taxi se detuvo frente a una casa de dos pisos, mucho más pequeña que la enorme propiedad donde habíamos vivido, pero bonita, acogedora y, sobre todo, nuestra.

Miré a mis hijos.

—Mis amores... esta es nuestra nueva casa.

Amy abrió los ojos.

—¿Nuestra?

—Sí.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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