POV Evania
Sonreí porque ya no quería demostrarles que aquello me dolía.
—¿Listo? Acabemos con esto rápido, porque tengo cosas que hacer.
Lisandro me miró durante unos segundos.
No me importó.
O al menos eso quise convencerme.
Subí los escalones sin mirar atrás, manteniendo la espalda recta y la cabeza en alto.
No iba a permitir que Constanza volviera a robarme una lágrima.
Para mí, era invisible.
—Prima, no tienes que ser tan grosera conmigo.
La voz de Constanza llegó a mi espalda.
La ignoré.
Seguí caminando.
Entramos al juzgado y esperamos nuestro turno.
Me senté en una de las sillas y crucé las piernas, mirando hacia el frente.
No quería hablar. No quería discutir.
Mucho menos quería escuchar explicaciones sobre su relación con Lisandro.
Pero, como si fuera poco, ambos se sentaron junto a mí.
Rodé los ojos.
—Prima, quiero que hablemos después de esto.
Señalé el número que aparecía en la pantalla.
—Nos toca ya.
No tenía intención de darle conversación.
Cuando llamaron nuestro turno, nos levantamos.
Entramos a la sala.
Una asistente nos recibió, tomó nuestros datos y revisó los documentos.
—¿Van a firmar el divorcio de mutuo acuerdo?
—Sí —respondí inmediatamente.
Lisandro tardó unos segundos.
—Sí.
La mujer preparó el acta.
Después colocó los documentos frente a nosotros.
—Lean cuidadosamente y firmen aquí, por favor.
Tomé el bolígrafo. Mis dedos no temblaron.
Eso me sorprendió.
Había imaginado tantas veces ese momento que pensé que, cuando llegara, me derrumbaría.
Pero no. Estaba tranquila.
Quizá porque llevaba demasiado tiempo llorando por ese hombre.
Quizá porque algo dentro de mí finalmente había muerto.
Iba a firmar cuando sentí la mano de Lisandro sobre la mía.
Lo miré.
—¿Qué?
Por un segundo, simplemente me observó.
Sus ojos parecían diferentes.
Había tristeza.
—Lamento que lleguemos hasta aquí.
Sonreí con cierta amargura.
—Ahórrate tus palabras.
Aparté mi mano y firmé.
—Firma ahora.
Lisandro me miró sorprendido.
—Antes no eras así.
Le devolví el bolígrafo.
—Pues acostúmbrate a mi nueva versión. Firma.
La asistente levantó discretamente la mirada.
Incluso ella había notado la tensión entre nosotros.
Lisandro observó el documento durante varios segundos.
No firmaba.
Y aquello comenzó a ponerme de los nervios.
—¿Lisandro? ¿Sucede algo?
Antes de que pudiera responder, la voz melosa de Constanza llegó desde la puerta.
—Amor...
Lisandro levantó la cabeza.
Pareció regresar a la realidad.
Entonces tomó el bolígrafo. Firmó.
La asistente revisó las hojas y nos explicó el procedimiento.
—Bien. Como se trata de un divorcio de mutuo acuerdo, comienza el periodo de reflexión correspondiente. Deberán regresar después del plazo de treinta días establecido para recibir el certificado definitivo.
Asentí.
Treinta días y oficialmente dejaría de ser la esposa de Lisandro Santillán.
No sabía si sentir alivio o tristeza.
Tal vez ambas cosas.
Salimos.
Yo solamente quería irme.
Pero apenas crucé la puerta, Constanza se interpuso en mi camino.
—Prima, por favor.
Suspiré.
—¿Ahora qué?
Ella sonrió.
—Quiero que dejemos el rencor atrás. Mira cómo todo vuelve a la normalidad. Tú ya estás libre, Lisandro y yo estamos juntos...
Sentí un pequeño pinchazo en el pecho.

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