POV LISANDRO
Llevé a Evania entre mis brazos hasta la sala de urgencias.
Sentía su cuerpo demasiado ligero contra el mío. Su rostro estaba pálido y sus ojos permanecían cerrados.
—Por favor, ayúdenla —dije en cuanto llegamos.
Varias enfermeras se acercaron y rápidamente la colocaron sobre una camilla.
—Señor, tiene que apartarse.
—Soy su esposo.
Intenté seguirlos.
—Déjeme entrar con ella, por favor.
—No puede pasar. Señor, espere aquí.
La puerta de urgencias se cerró frente a mí.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez en mucho tiempo sentí miedo de verdad.
Me pasé una mano por el rostro y traté de tranquilizarme.
Entonces recordé las palabras que había escuchado antes.
¿Un aborto?
La palabra volvió a mi cabeza una y otra vez.
Sentí un nudo en el estómago.
Necesitaba respuestas.
Yo todavía era su esposo.
Aunque ambos habíamos firmado el acuerdo de divorcio, la sentencia todavía no había sido emitida.
Legalmente, nuestro matrimonio seguía existiendo.
Me acerqué al mostrador.
—Necesito información sobre Evania Santillan.
La recepcionista revisó algunos documentos.
—¿Es familiar?
—Soy su esposo.
La mujer comprobó los datos y finalmente asintió.
—Está bien. Puede recibir información.
Me entregaron los documentos médicos disponibles.
Los tomé con manos temblorosas.
Comencé a leer.
Al principio no entendía lo que estaba viendo.
Hasta que encontré una palabra que hizo que mi corazón se detuviera.
Aborto espontáneo.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
Seguí leyendo.
Había ocurrido hacía apenas unos días.
Mi respiración se volvió pesada.
Evania había estado embarazada. Y yo no lo sabía.
Cerré los ojos.
Entonces recordé aquel día.
El mismo día en que Evania me había encontrado con Constanza.
Evania acababa de perder a nuestro hijo.
Sentí una presión terrible en el pecho.
—Maldición…
Apreté los documentos.
Evania estaba sufriendo. Y yo no había sido capaz de verlo.
Finalmente, una enfermera se acercó.
—Señor Santillan.
Me levanté de inmediato.
—¿Cómo está?
—Está bien. Le colocamos suero y vamos a mantenerla en observación. Cuando despierte y se encuentre estable podrá irse.
Asentí.
—¿Puedo verla?
—Sí.
Caminé hacia su habitación.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
No sabía qué decirle.
Cuando llegué, abrí la puerta lentamente.
Evania estaba recostada sobre la cama.
Tenía un suero conectado a su brazo.
Su rostro estaba pálido.
Parecía tan frágil que algo dentro de mí se rompió.
Me acerqué.
—¿Cómo te sientes?
Ella ni siquiera me miró.
—Estoy bien.
Su respuesta fue fría.
Me quedé de pie frente a ella.
—¿Por qué me lo ocultaste?

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