POV EVANIA
Lo había escuchado.
Claro que lo había escuchado.
No estaba loca.
No me había confundido.
Constanza se había acercado a mi oído unos segundos antes, cuando fingió que quería abrazarme, y había susurrado aquellas palabras con una sonrisa que todavía podía recordar perfectamente.
—¿Supe que abortaste un bastardito? Me alegro mucho, primita.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Había intentado contenerme.
De verdad lo había intentado.
Pero después de todo lo que había vivido, después de perder a mi hijo y descubrir que había estado completamente sola durante aquel momento, escucharla hablar de esa manera fue demasiado.
El vaso se hizo añicos contra el suelo.
No recuerdo exactamente cómo ocurrió.
Solo recuerdo haber tomado uno de los fragmentos.
Y luego vi la sangre correr por la mano de Constanza.
Ella comenzó a llorar inmediatamente.
Por supuesto.
Era típico de personas como ella.
Siempre encontraban la manera de convertirse en víctimas después de provocar el desastre.
—La única loca eres tú, Constanza.
Ella me miró con lágrimas en los ojos.
—¡Evania, yo no hice nada!
—No mientas.
—¡No sé de qué estás hablando!
La miré fijamente.
—Sí sabes.
—¡Yo jamás diría algo así!
Solté una amarga sonrisa.
—Claro. Ahora resulta que eres un ángel.
Constanza comenzó a llorar todavía más.
Y entonces entró una enfermera.
—¿Qué ocurrió aquí?
La mujer vio la sangre en la mano de Constanza y rápidamente se acercó a ella.
—Señorita, venga conmigo. Necesitamos revisar esa herida.
Constanza salió de la habitación acompañada por la enfermera.
Sinceramente, agradecí que se la llevaran.
Porque si hubiera permanecido allí unos minutos más, no sabía qué habría sido capaz de decirle.
La puerta se cerró.
Por fin quedamos solos Lisandro y yo.
Sentí su mirada sobre mí.
—Evania, ¿estás bien?
No respondí.
—Acabas de salir de un aborto, estás débil y además estás alterada.
Aparté la mirada.
No quería escuchar su preocupación.
No quería recibir su compasión.
Mucho menos de él.
—¿Los niños pueden estar contigo? —preguntó.
Lo miré inmediatamente.
—¿Qué?
—Quizá sería mejor que regresaras a casa. Yo podría ayudarte con ellos.
Sentí que la rabia me quemaba por dentro.
—No te atrevas.
Lisandro frunció el ceño.
—¿Qué?
—No te atrevas a querer quitarme a mis hijos, Lisandro.
Mi voz tembló.
—No me hagas odiarte más.
Él retrocedió un paso.
—Nunca dije que quisiera quitártelos. Solo quiero ayudarte.
—No necesito tu ayuda.
Me miró en silencio.
Por primera vez pude ver algo diferente en sus ojos.
Dolor. Quizá culpa.
Pero ya no me importaba.
Había aprendido que las lágrimas de los demás no podían reparar las heridas que habían causado.
De pronto, tomó mi mano.
Intenté apartarla.
—Suéltame.
Pero durante unos segundos no pude.
Sus dedos rodearon los míos con cuidado.
—Vuelve a casa —dijo en voz baja—. Déjame cuidarte.
Aquellas palabras me dolieron.
Porque hubo un tiempo en el que habría dado cualquier cosa por escucharlas.
Pero ese hombre ya no existía para mí.
Finalmente logré soltar mi mano.
—Lo único que necesito es estar lejos de ti.
Lo miré directamente.
—Vete.
Lisandro permaneció inmóvil.
—Evania…
—Vete.
Respiró profundamente.
—Constanza no diría algo así.
No pude evitar reír. Una risa amarga.
—¿En serio?
—Ni siquiera sabe lo del aborto.

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