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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 41

POV Evania

En el hospital.

Iba sentada en la ambulancia, con las manos apretadas sobre mis piernas, intentando mantener la calma mientras el sonido de la sirena atravesaba la noche.

Mi madre iba a mi lado.

No dijimos nada.

Ella lloraba en silencio, con la mirada perdida al frente, mientras yo observaba las puertas de la ambulancia y trataba de convencerme de que todo iba a salir bien.

Mi padre todavía estaba vivo.

Eso era lo único que podía repetirme.

Todavía estaba vivo.

Los paramédicos habían dicho que estaban intentando estabilizarlo, que habían comenzado las maniobras de reanimación y que debíamos dejarles espacio para trabajar.

Yo había querido acercarme.

Pero no quería estorbar.

Así que me quedé quieta.

Mi madre, en cambio, parecía completamente destrozada.

—Va a estar bien… —murmuró varias veces.

No sabía si me lo decía a mí o si intentaba convencerse a sí misma.

Yo no respondí.

Porque tenía miedo de abrir la boca y descubrir que, si decía una sola palabra, comenzaría a llorar y no podría detenerme.

Cuando finalmente llegamos al hospital, las puertas se abrieron y todo ocurrió demasiado rápido.

Los paramédicos bajaron a mi padre.

Lo vi apenas unos segundos.

Estaba inconsciente sobre la camilla, rodeado de personas que corrían de un lado a otro.

—¡Vamos, despejen el paso!

—¡A urgencias!

—¡Rápido!

Mi madre quiso seguirlos. Yo la sujeté del brazo.

—Mamá…

—¡Quiero verlo!

—No podemos entrar.

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.

Por un instante pensé que iba a derrumbarse ahí mismo.

Se quedó de pie frente a mí, temblando, mientras las lágrimas descendían por sus mejillas.

—¿Qué te dijeron?

La miré.

No pude responder.

¿Qué podía decirle?

Que los médicos estaban haciendo todo lo posible.

Mi silencio fue suficiente.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—¡Debí cuidarlo!

—Mamá…

—¡Debí cuidarlo, Evania!

Su voz se quebró.

—Estaba tan alterado… llevaba días sin dormir. Yo sabía que algo no estaba bien. ¡Lo sabía!

Comenzó a llorar con más fuerza.

—Dios mío… ¿qué voy a hacer si le pasa algo? ¿Qué voy a hacer sin él?

La miré.

Quise abrazarla.

De verdad quise hacerlo.

Era mi madre.

Pero algo se interpuso entre nosotras.

Una pared invisible.

Hecha de años de heridas, silencios, decepciones y cosas que nunca habíamos podido decirnos.

Me quedé frente a ella, sintiendo que la quería y, al mismo tiempo, que ya no sabía cómo acercarme.

Entonces escuché una voz detrás de nosotras.

—¡Tía!

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