POV Evania
No quería entrar.
No estaba preparada.
Creo que nadie puede estarlo para algo así.
Nada te prepara para la idea de tener que reconocer el cuerpo de tu propio padre.
Por más que intentara convencerme de que debía hacerlo, mis piernas parecían no querer avanzar.
Lisandro estaba a mi lado.
No me preguntó si quería hacerlo.
Simplemente tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Su contacto me ayudó a mantenerme de pie.
—Estoy aquí —murmuró.
Asentí.
Entramos.
La habitación estaba fría. Demasiado fría.
Había una camilla en el centro y una persona cubierta por una sábana blanca.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Sabía quién estaba ahí.
Pero una parte de mí seguía negándose a aceptarlo.
Caminé lentamente.
Un paso. Luego otro.
Hasta que finalmente llegué frente a la camilla.
Un trabajador levantó la sábana.
Lo vi. Mi padre.
Tenía los ojos cerrados y el rostro tranquilo.
Parecía estar dormido.
Y aquella apariencia fue lo que más me dolió.
Porque unas horas antes estaba vivo.
Me estaba hablando.
Me había mirado a los ojos. Había intentado decirme algo.
Y ahora estaba frente a mí, completamente inmóvil.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
No pude detenerlas.
Miré su rostro durante unos segundos más.
Sí. Era él.
El mismo hombre que había conocido toda mi vida.
Asentí.
—Es él.
Mi voz salió rota.
El trabajador volvió a cubrirlo.
Me pidió que firmara unos documentos.
Tomé el bolígrafo. No sé qué firmé.
Mi vista estaba borrosa.
Solo quería salir de ahí.
Cuando finalmente crucé la puerta, ya no pude contenerme.
Me apoyé contra la pared fría y rompí en llanto.
Lisandro se quedó conmigo.
Yo cerré los ojos.
¿Cuánto tiempo había perdido?
¿Cuántos años desperdicié estando enojada?
¿Cuántas veces pude haberlo llamado y no lo hice?
¿De qué había servido todo aquel rencor?
¿Qué importaban ahora las discusiones?
¿Qué importaban las palabras que nos habíamos dicho?
La muerte había convertido todos aquellos problemas en algo insignificante.
Todo el rencor no valía nada frente a la inmensidad de la muerte.
Mi padre ya no estaba.
Y yo nunca tendría la oportunidad de preguntarle qué había querido decir.
Me limpié las lágrimas.
—Quiero volver a casa.
Lisandro asintió.
—Voy contigo.
Lo miré.
—¿Y Constanza?
Por un instante pensé que él se iría.
Era su amor, alguien a quien quería proteger.
Pero Lisandro simplemente me miró.
—Ahora me necesitas tú.
No supe qué responder.
Entonces añadió:
—Eres la madre de mis hijos.
Bajé la mirada.
No entendía del todo porque hacia esto, pero, solo quería ir a casa con mis hijos.
***
Cuando llegamos a casa, apenas cruzamos la puerta, los niños corrieron hacia nosotros.
—¡Papá!
Los dos se lanzaron sobre Lisandro.
Él se agachó para abrazarlos.
Los pequeños estaban felices de verlo.
Yo me quedé unos pasos atrás.
Intenté sonreír. Intenté actuar como si todo estuviera bien.
Pero entonces Amy levantó la mirada.
—Papito, ya vas a venir a quedarte aquí, ¿verdad?
Sentí que el corazón se me partía.
Me mordí el interior de la mejilla para no llorar.
—No, hija…
Me agaché frente a ella.

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