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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 56

POV Evania

Miré el rostro desorientado de mis hijos y una rabia ardiente, casi ciega, me quemó las entrañas.

Vi cómo la empleada conducía a los niños hacia el jardín; dudosos, con los ojitos llenos de confusión y miedo, ya comenzaban a soltar preguntas que ningún pequeño de su edad debería hacer.

Mientras tanto, Constanza permanecía de pie frente a mí, manteniendo esa cara de estúpida arrogancia, esa mueca de superioridad indigna.

En cuanto la puerta se cerró y finalmente quedamos a solas en el salón, ni siquiera lo dudé: perdí por completo los estribos.

La abofeteé con toda la fuerza del odio acumulado.

El impacto resonó en el aire como un látigo.

Ella se llevó la mano a la mejilla encendida, mirándome absolutamente sorprendida, rompiendo a llorar con un dramatismo patético.

A unos pasos, Lisandro se apretó el puente de la nariz entre los dedos, soltando un suspiro pesado que delataba toda su frustración contenida.

—¡Estúpida! —le grité, con la voz temblando por la furia—. ¿Quién te crees que eres para venir a atormentar a mis hijos?

—Lisandro... —gimoteó ella, buscándolo con la mirada en un ruego de auxilio.

—¿Qué demonios haces aquí, Constanza? ¿Quién te dio permiso para cruzar esa puerta?

—Pero... yo solo quería...

No la dejó terminar.

Vi cómo la tomó con brusquedad del brazo y la sacó de allí.

Caminé con pasos rápidos, alejándome de su presencia.

Al llegar al salón principal, vi a mi suegra arrodillada junto a mis pequeños, consolándolos dulcemente.

Les decía con voz suave que Constanza estaba loca, que no debían hacerle caso.

A pesar de sus palabras, me dolió tanto verlos así... Me llevé una mano al pecho, sintiendo un vacío punzante.

Al mirar hacia atrás, vi a Lisandro regresar con el rostro ensombrecido.

—Se ha ido. —aseguró, intentando darme tranquilidad.

Lo miré con ojos feroces, cargados de un reproche.

—Ahora mismo vas y les explicas a tus hijos lo que dijo esa mujer —le exigí en un murmullo cortante—. Yo no voy a seguir arreglando los pedazos del corazón que tú les rompes con tus estupideces.

Me miró sorprendido por mi dureza, pero terminó asintiendo en silencio.

Se giró hacia el salón.

—Hijos, vengan con papi, por favor.

Vi cómo los dos caminaban hacia él con pasos cortos, con sus caritas llorosas.

Luciano, con el labio inferior temblando, sollozó desconsolado.

—Papi... no. No quiero otra mami. Solo quiero a mi mami —dijo, ahogándose en lágrimas.

Bajé la mirada de golpe y me quedé paralizada en mi sitio.

Sentía unas ganas inmensas de romper a llorar, pero me tragué el nudo en la garganta; jamás me derramaría ante Lisandro.

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