POV Evania
Intenté escapar. Mis instintos me gritaban que retrocediera, que pusiera una distancia prudente entre ambos, pero mis piernas apenas respondían.
Ambos estábamos atrapados bajo la influencia de ese potente afrodisíaco, y un deseo salvaje, primario y voraz me consumía las entrañas por completo.
Cada bocanada de aire que inhalaba sabía al perfume de Lisandro, y el calor químico que corría por mi sangre encendía cada nervio de mi piel.
Lisandro dio un paso decisivo hacia mí. Se acercó tanto que sentí el vapor de su respiración agitada en el rostro, mientras clavaba una mirada cargada de una lascivia oscura sobre mis labios.
Aquello me hizo temblar de la cabeza a los pies.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo la boca seca, e intenté apoyar mis manos contra su pecho rígido para empujarlo.
Sin embargo, mi resistencia era frágil, casi patética.
Lisandro pareció excitarse aún más ante mi débil rechazo; una sonrisa arrogante y hambrienta se dibujó en sus comisuras.
Con una lentitud exasperante pero firme, tomó mis muñecas y apartó mis manos con una suavidad dominante, acorralándome sin hacerme daño.
Antes de que pudiera formular una sola protesta, sus labios tomaron posesión de mi boca.
No encontró la mayor resistencia por mi parte; la barrera de mi orgullo se desmoronó al instante.
Correspondí a su beso con la misma energía desesperada, envolviendo mis brazos alrededor de su cuello.
Nunca pude negarme a los besos de Lisandro. Jamás.
Desde la mismísima primera vez que me probó, sus labios habían sido mi mayor debilidad, el único veneno al que no podía resistirme.
Bajó por mi mandíbula y comenzó a besar mi cuello con una devoción hambrienta, succionando y mordisqueando la piel sensible.
En ese preciso momento supe que estaba perdida, totalmente a su merced.
Cuando volví a tener un atisbo de conciencia sobre lo que sucedía a mi alrededor, ya estábamos sobre la cama.
Me quitó la ropa con una prisa torrencial, rasgando la tela sin paciencia, mientras sus manos enormes y ardientes acariciaban posesivamente cada rincón de mi cuerpo desnudo.
Mi respiración se agitó en jadeos erráticos; lo deseaba con una fuerza tan destructiva que dolía.
Guiada por el mismo frenesí, le ayudé a deshacerse de su camisa, tirando de la tela hasta liberarlo.
Imité sus caricias con ansia, pasando mis manos por la marcada musculatura de su espalda y posando mis labios en su pecho firme y en su cuello, haciéndolo gruñir de puro placer.
Lisandro tomó mi rostro entre sus manos grandes, acunándome con firmeza, y me besó con una violencia pasional que me dejó sin aire.

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