A medida que se acercaba el día del compromiso, Fátima Sarmiento invitó a Magdalena a ir de compras después del trabajo. El clima se estaba poniendo frío y, en efecto, hacía falta comprar algo de ropa nueva, así que Magdalena aceptó.
Al salir del trabajo, Fátima pasó a recogerla. Magdalena dejó su auto en el estacionamiento y se fue con Fátima en el suyo hasta el centro comercial.
Esta era la primera vez que las dos hermanas salían de compras juntas después de reencontrarse tras tres años de separación. Era como haber vuelto a los viejos tiempos, cuando su relación era tan buena que podían compartir un helado sin que a ninguna le diera asco la otra.
Fátima la llevó a una tienda de ropa de moda. En cuanto entraron, una empleada se acercó a recibirlas:
—Señora Guzmán, bienvenida.
Fátima la saludó con una sonrisa y luego miró a Magdalena:
—Magda, el día de tu compromiso tendrás que cambiarte de ropa para el brindis. Mira si te gusta algo; elige varias opciones por si acaso ocurre algún imprevisto y te toma por sorpresa.
Magdalena sacó una prenda de tono claro del perchero, se la sobrepuso para calcular la medida y se volvió hacia Fátima en busca de su opinión.
Fátima negó con la cabeza y señaló un vestido rojo exhibido en el aparador. La empleada dijo con una gran sonrisa:
—La Señora Guzmán tiene muy buen gusto; sería perfecto para una fiesta de compromiso, y se ajusta maravillosamente a la figura envidiable de la señorita.
Magdalena ya lo había visto al entrar, solo que le parecía demasiado llamativo. La falda tenía un corte de sirena que arrastraba por el suelo, lo cual dificultaría caminar.
Una voz con un tono frío pero glamuroso estalló en los oídos de Magdalena:
—Me llevo ese vestido.
Magdalena y Fátima se dieron la vuelta; la dueña de la voz estaba parada detrás de ellas. Bianca Silva se quitó las gafas y le señaló el vestido rojo del aparador a la empleada:
—Empáquemelo.
Al lado de Bianca estaba Adrián Salinas, con quien Magdalena se había encontrado una vez. Él llevaba una sudadera con capucha y unos pantalones militares de camuflaje. Al ver a Magdalena, su rostro bronceado mostró una ligera sorpresa.
—¡Señorita Sarmiento! —El tono de Adrián se volvió grave, y sus ojos penetrantes parecían cuchillas afiladas.
Magdalena mostró una sonrisa despreocupada en los labios, haciendo que su rostro bello y radiante luciera aún más encantador:
—Señor Salinas, todo tiene un orden de llegada. El hecho de que usted quiera complacer a esta mujer y no quiera decepcionarla, no significa que todos los demás deban hacer lo que ustedes desean.
Adrián la miró fijamente y hubo un momento de silencio. Bianca le sacudió el brazo, quejándose con una voz suave y caprichosa:
—De verdad me gusta mucho. El día de la presentación de Belleza Dorada, usaré este vestido. Encaja perfectamente con el personaje de Diana que interpreto.
En la entrada de la tienda, Renato Jiménez estaba de pie con una mano metida en el bolsillo del pantalón de vestir. Con su habitual expresión fría y distante, observaba profundamente a los dos grupos de personas que discutían por un vestido.
A su lado estaba Virginia Jiménez, que llevaba un vestido elegante y un chal sobre los hombros. Apenas entró a la tienda, se sintió atraída por las voces altas que venían de aquel lado, y reconoció a Magdalena:
—Esa chica de ojos grandes me parece que es una empleada del Grupo Centauro.

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