En el vestíbulo del área de hospitalización.
Magdalena esperaba sentada en las sillas de la zona de descanso. La enfermera de información ya había terminado su turno, así que el lugar estaba prácticamente vacío; solo de vez en cuando pasaba algún familiar de un paciente.
Seguía preguntándose qué habría hecho cambiar de opinión a Javier Huerta tan repentinamente, cuando, por el rabillo del ojo, notó unos zapatos de cuero impecables. Su mirada subió poco a poco, pasando por unos pantalones de traje perfectamente planchados, un elegante abrigo negro y, finalmente, el apuesto rostro del hombre.
Se levantó con una sonrisa radiante.
—Llegaste. Si me hubieras llamado, yo habría salido; no tenías que entrar.
Renato Jiménez extendió sus largos dedos y abotonó el abrigo que ella llevaba abierto.
—Afuera está nevando, hace bastante frío.
Magdalena se aferró a su brazo y ambos caminaron hacia la salida. Seguía nevando. Al pasar por los jardines, las plantas, mustias por el frío, ya estaban cubiertas por una fina capa de blanco.
Subieron al auto. La calefacción encendida disipó poco a poco el frío que habían pasado. Magdalena se tocó la barbilla con el dedo índice y, ladeando la cabeza, lo pensó con detenimiento:
—En un día de nieve, lo mejor es comer un buen estofado caliente.
Renato se inclinó para ajustarle el cinturón de seguridad.
—No iremos a un restaurante a cenar.
—¿Vamos a casa? —hizo un puchero—. Un día de nieve es tan romántico... cenar fuera le daría un toque especial.
Renato soltó una risa suave y no respondió.
Por seguridad, debido a la nevada, condujo a baja velocidad. Cuando llegaron a casa, ya eran las ocho de la noche, y la sala estaba sumida en la oscuridad.
Magdalena bajó del auto.
—¿Y Joaquina y las demás?
Olga había ido al hospital a llevarle comida a Lucía, pero las otras asistentas debían estar en casa. ¿Por qué estaban las luces apagadas?
Renato bajó, la rodeó con el brazo y caminaron hacia la sala.
—Les di la noche libre.
Ella lo miró de perfil, con una expresión de genuina confusión.
—¿Por qué?

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