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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 239

Tras marcharse del hotel, Magdalena llamó varias veces a Renato, pero él nunca contestó.

Después de cuatro o cinco intentos fallidos, guardó el celular en el bolso, paró un taxi en la calle y le dio la dirección de la Bahía del Sur al subir.

Al llegar a la Bahía del Sur, pagó el pasaje, se acercó a la puerta de la villa, respiró profundo y levantó la mano para tocar el timbre.

Olga salió desde el interior y, a través de la reja tallada, la vio:

—¿Señorita Sarmiento?

Olga logró reconocerla no por tener buena memoria, sino porque, con la excepción de la señorita Fabiola hace tantos años, el señor nunca había llevado a ninguna mujer allí.

Magdalena esbozó una leve sonrisa:

—Olga, vengo a buscar al Presidente Jiménez.

Olga se daba cuenta de que el señor la trataba de manera especial, por lo que fue muy cortés con ella:

—A esta hora debería seguir en la empresa.

—¿Entonces puedo entrar a esperarlo? —Ese día, sin importar qué pasara, tenía que verlo cara a cara.

Olga dudó:

—Sin órdenes del señor, no puedo dejarla pasar.

Magdalena no quiso ponerla en un aprieto, así que se quedó a esperarlo junto al jardín.

Y así esperó hasta la noche.

Hacía algo de frío en la noche. Aunque llevaba abrigo, debajo traía un vestido a la altura de la rodilla, y sus piernas estaban tan heladas que empezaban a entumecerse.

Tal como Olga había dicho, Renato había vuelto a la oficina al salir del hotel.

Esa noche tenía agendada una cena, pero al recibir la llamada de Olga, le pidió a Camilo que la cancelara de inmediato. Tomó el abrigo del perchero y se dispuso a volver a la Bahía del Sur, pero al llegar a la puerta de su oficina se detuvo, regresó a su escritorio y siguió trabajando.

Durante ese rato miraba su reloj constantemente; cualquiera diría que tenía una cita próxima.

Al enterarse de que se iba a comprometer con Andrés, se enfureció, pero luego se convenció a sí mismo de que era lo mejor, pues así podría cortar de raíz esos pensamientos prohibidos que sentía por ella.

Sin embargo, descubrió que, cuanto más se acercaba la fecha de su compromiso, más inquieto se ponía.

Y en ese momento, entendió de repente el origen de la angustia que lo había atormentado en esos últimos días.

Resulta que todo era por ella.

Magdalena fue recuperando la sensibilidad en las piernas y se levantó lentamente. Con una mirada tranquila y apacible, enfrentó sus ojos:

—Quiero hablar contigo.

Renato encendió un cigarrillo, quedando envuelto en una capa de humo blanco, lo que hizo que sus facciones frías se vieran aún más imponentes.

Sus ojos oscuros y profundos se entrecerraron un poco:

—Si tienes algo que decir, entra y hablemos.

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