Tras marcharse del hotel, Magdalena llamó varias veces a Renato, pero él nunca contestó.
Después de cuatro o cinco intentos fallidos, guardó el celular en el bolso, paró un taxi en la calle y le dio la dirección de la Bahía del Sur al subir.
Al llegar a la Bahía del Sur, pagó el pasaje, se acercó a la puerta de la villa, respiró profundo y levantó la mano para tocar el timbre.
Olga salió desde el interior y, a través de la reja tallada, la vio:
—¿Señorita Sarmiento?
Olga logró reconocerla no por tener buena memoria, sino porque, con la excepción de la señorita Fabiola hace tantos años, el señor nunca había llevado a ninguna mujer allí.
Magdalena esbozó una leve sonrisa:
—Olga, vengo a buscar al Presidente Jiménez.
Olga se daba cuenta de que el señor la trataba de manera especial, por lo que fue muy cortés con ella:
—A esta hora debería seguir en la empresa.
—¿Entonces puedo entrar a esperarlo? —Ese día, sin importar qué pasara, tenía que verlo cara a cara.
Olga dudó:
—Sin órdenes del señor, no puedo dejarla pasar.
Magdalena no quiso ponerla en un aprieto, así que se quedó a esperarlo junto al jardín.
Y así esperó hasta la noche.
Hacía algo de frío en la noche. Aunque llevaba abrigo, debajo traía un vestido a la altura de la rodilla, y sus piernas estaban tan heladas que empezaban a entumecerse.
Tal como Olga había dicho, Renato había vuelto a la oficina al salir del hotel.
Esa noche tenía agendada una cena, pero al recibir la llamada de Olga, le pidió a Camilo que la cancelara de inmediato. Tomó el abrigo del perchero y se dispuso a volver a la Bahía del Sur, pero al llegar a la puerta de su oficina se detuvo, regresó a su escritorio y siguió trabajando.
Durante ese rato miraba su reloj constantemente; cualquiera diría que tenía una cita próxima.

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