Durante la cena, Adán había guardado silencio. Finalmente, no aguantó más y preguntó:
—Señor Jiménez, sobre lo de anoche entre usted y Paula... ustedes dos...
Renato respondió de manera tajante:
—Un malentendido.
Los cubiertos de Magdalena se detuvieron por un segundo. Giró la cabeza para mirar el perfil impecable del hombre y la ligera curva de sus labios.
Su tono había sido bajo y sereno, imposible saber si mentía o decía la verdad.
Esas palabras sonaron demasiado evasivas. Creyendo que intentaba ocultarlo, Adán se puso de pie, exaltado.
—¡Pero si Paula y usted estaban claramente en el auto...!
Renato le lanzó una mirada fulminante. La amabilidad fingida que había mostrado hasta entonces dio paso a una frialdad aterradora. Las palabras de Adán se quedaron atascadas en su garganta; se tragó su enojo y volvió a sentarse.
De reojo, Renato observó a Magdalena. La mujer comía en silencio, con la cabeza baja. Solo podía admirar su perfil y su piel suave como la porcelana.
Había escuchado perfectamente las palabras de Adán, pero no reaccionó en absoluto y siguió comiendo como si nada pasara. ¿De verdad esta mujer no tenía sentimientos?
En la mesa, Doña Rita empezó a contar anécdotas de la infancia de Renato. Él respondía de vez en cuando, Adán seguía callado y malhumorado, y Magdalena escuchaba con atención mientras comía.
Al ver que ella prestaba atención, Renato sonrió. De vez en cuando le servía más comida en el plato y le murmuraba al oído:
—Come un poco más. Luego tendremos que ir a la casa de la familia.
Al ver el evidente cariño entre ambos, Doña Rita se sintió aliviada, pero también afligida. A Paula le gustaba Renato; era su única hija y obviamente le dolía verla sufrir.
Renato ya estaba casado, no había esperanza. No sabía cómo reaccionaría Paula cuando se lo contara.

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