—¿Un hijo de Javier Huerta? —Aunque Lucía tenía un carácter tímido, Mauricio sabía que ella no era alguien que se entregara a la ligera. Todo le parecía absurdo.
—Tu madre siempre supo que ella te quería. Por miedo a que arruinara tu futuro, ella... —Magdalena buscó las palabras más suaves, temiendo que él no lo soportara— la entregó a Javier Huerta.
Sus palabras fueron como un golpe directo al corazón de Mauricio. Su rostro palideció de golpe y tambaleó perdiendo el equilibrio. Sus piernas chocaron contra el borde de la cama. Abrió los ojos, incrédulo, mientras sus labios temblaban ligeramente.
Si alguien más se lo hubiera dicho, lo habría cuestionado. Pero viniendo de Magdalena, quien lo había escuchado directamente de Lucía, no tenía motivos para dudar. Simplemente le resultaba imposible de aceptar.
Su propia madre sabía cuánto amaba a Lucía y, aun así, fue capaz de hacer algo tan retorcido.
Incluso le había suplicado a su madre que les diera su bendición. Le había dicho que, si le preocupaba el escándalo o el qué dirán, él estaba dispuesto a irse al extranjero con Lucía.
En ese entonces, Margarita, cediendo ante sus súplicas, le había dicho que lo pensaría.
Pero resulta que ella nunca tuvo la intención de aceptar su relación; solo lo estaba engañando para ganar tiempo.
Con razón, poco tiempo después, Lucía empezó a evitarlo y se mostraba distante cada vez que lo veía.
Seguramente fue en el momento en que él le confesó sus sentimientos a su madre cuando ella actuó en contra de Lucía.
Y él fue el último en enterarse del matrimonio entre Lucía y Javier.
De no haber sido por su madre, ellos no habrían llegado a esta tragedia.
Antes de abandonar a la familia Luján, él respetaba profundamente a su madre, seguía sus consejos y obedecía sus deseos.
Con los ojos inyectados en sangre, Mauricio se sentó junto a la cama, tomó la mano de Lucía con profunda agonía y la apoyó contra su propio rostro. Sus hombros temblorosos delataban el esfuerzo por contener el llanto.
A Magdalena se le llenaron los ojos de lágrimas. Con voz apagada y llena de culpa, le dijo:
—Lo siento mucho, no pude cuidarla.

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