Lázaro frunció levemente el ceño. Antes de que pudiera contestar, Magdalena le dio un golpe a Andrés en la frente:
—Siento desilusionarte, pero no perdió la memoria. Así que no te preocupes, no se ha olvidado del vago de su amigo.
Andrés explotó a la defensiva:
—¡Oye, oye! Cuida tus palabras. ¿Cómo que vago de su amigo? ¡Somos hermanos del alma, hemos pasado de todo juntos!
Al escuchar su conversación, Lázaro por fin entendió por qué Andrés le había hecho esa pregunta. Lo miró de soslayo:
—Aun si perdiera la memoria, nunca olvidaría que estás criando al hijo de otro.
Los ojos de Magdalena se abrieron de par en par:
—¿Desde cuándo? ¿Por qué no me enteré?
Andrés lanzó una mirada cargada de resentimiento hacia Lázaro. Sin poder soportar más la mirada inquisitiva de Magdalena, terminó confesando:
—Es el hijo de Sofía.
Magdalena se tapó la boca por la sorpresa. ¿El hijo de Sofía? ¡Entonces es el hijo de Gabriel Herrera!
¡Él y Gabriel se odiaban a muerte, y pensar que estaba criando a su hijo!
—Y te tocó ser el padre feliz. —Sintió que la noticia era muy difícil de asimilar.
Andrés se encogió de hombros con impotencia:
—Gabriel se negó a reconocerlos. Sofía se aferró a tener al bebé, y por eso tuvo que dejar la universidad sin graduarse. Me dio mucha lástima, así que le entregué algo de dinero.
Magdalena se sintió culpable:
—Fue culpa mía.
Si ella no hubiera arruinado su cita con Sofía, la chica no habría terminado con Gabriel, y las cosas no habrían llegado a ese punto.
Andrés le puso una mano en el hombro:
—Eso ya quedó en el pasado.
Lázaro, sin tener idea de lo que hablaban, preguntó:

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