Mateo entró en la habitación y lo encontró mirando fijamente por la ventana; sabía que estaba perdido en sus pensamientos. Suspiró levemente y luego dijo con serenidad.
—Presidente Guzmán, ¿se siente mejor hoy?
Lázaro Guzmán, recostado en la cama, miraba las hojas secas de los árboles por la ventana. No se sabía si su estado demacrado se debía a que no se había recuperado del todo o a alguna otra razón.
Su voz ronca resonó en la habitación.
—Un poco mejor que ayer.
Al notar que el vaso de agua en la mesita de noche estaba vacío, Mateo dejó los documentos, tomó el vaso y lo llenó.
—Los directivos me han estado preguntando por su estado de salud, me pidieron que le dijera que descanse y se recupere bien.
Lázaro Guzmán se burló y abrió el primer documento de la pila.
—No trates de consolarme. Con que no causen problemas a mis espaldas ya tengo más que suficiente. Pregúntale al doctor cuándo me darán el alta.
Mateo regresó junto a él y colocó el vaso en la mesa, al alcance de su mano.
—¿Cuál es la prisa por salir? Se lastimó gravemente, debe cuidarse bien. Tómese este tiempo como unas vacaciones.
Lázaro Guzmán esbozó una ligera sonrisa, pero al abrir la segunda página, un pedazo de papel cuadrado cayó sobre la cobija blanca.
Lo tomó con extrañeza y la poca sonrisa que tenía se congeló.
—¿Quién movió estos documentos?
Su tono gélido y repentino asustó a Mateo, quien lo miró perplejo.
—Nadie.
Le entregó la nota a Mateo. Al verla, Mateo notó que solo tenía unas pocas palabras: "Depósito del Poniente, Magdalena Sarmiento".
Mateo se quedó atónito.
—Yo... yo no sé qué pasó.
Lázaro Guzmán agarró su celular y llamó a Magdalena Sarmiento, pero nadie contestó. Lo intentó dos o tres veces con el mismo resultado.

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