Al ver que él no se inmutaba, Magdalena Sarmiento trataba de pensar en alguna otra salida, cuando el hombre de la gorra volvió a hablar.
—Pateen su vientre. Desháganse de ese bebé.
Por muy tranquila que intentara mantenerse, al escuchar esas palabras, su rostro palideció de puro terror.
—Mi esposo es Renato Jiménez —negó con la cabeza, temblando de miedo—, seguro han oído su nombre. Si de verdad lo hacen por dinero, puedo llamarlo ahora mismo. No les dará el doble ni el triple, incluso diez veces más les pagará sin dudarlo.
Los otros dos hombres que llevaban cubrebocas se acercaron. Ella retrocedió aterrorizada, pero uno de ellos la agarró violentamente por el cabello, impidiéndole escapar, mientras el otro levantaba la pierna para asestarle una patada directo al estómago.
Ignorando el dolor punzante en su cuero cabelludo, Magdalena se lanzó hacia adelante con todas sus fuerzas y se aferró a la pierna del hombre que iba a golpearla. Él perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo.
Al ver que se atrevía a resistirse, el hombre que la sostenía por el cabello le lanzó una patada con saña, pero ella rodó hacia un lado logrando esquivarlo.
Justo cuando el hombre se disponía a avanzar de nuevo, la puerta del almacén se abrió de golpe. Un grupo de policías irrumpió con sus armas desenfundadas.
—¡Nadie se mueva!
Magdalena dejó escapar un largo suspiro de alivio. La extrema tensión de los últimos minutos casi la había llevado al colapso mental. Aunque apenas entraba el invierno, tenía la ropa completamente empapada de sudor frío. Se quedó tirada en el suelo, sin fuerzas para mover un solo dedo.
Una figura alta y protectora emergió desde detrás de la línea policial, caminando rápidamente hacia ella. A sus espaldas, la luz clara del exterior lo iluminaba, haciéndolo lucir como si caminara sobre un halo de sol y estrellas.
El hombre llegó a su lado en un instante, se agachó y la envolvió entre sus brazos.
—Ya estoy aquí. Todo está bien.
Apoyada en su pecho, al escuchar el ritmo ligeramente acelerado de su corazón, el alma que llevaba en vilo finalmente regresó a su cuerpo.
Su ropa desprendía ese familiar aroma a menta fresca y un toque de tabaco. Al aspirar esa fragancia que tanto conocía, la nariz le picó, sus ojos se llenaron de lágrimas y, haciendo un puchero cargado de angustia, sollozó.
—Si llegabas un paso más tarde... íbamos a perder al bebé.

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