Lázaro iba sentado en el asiento del copiloto. Mateo, que estaba atrás, solo podía ver su nuca, por lo que le resultaba imposible descifrar su expresión.
El nombre de Renato Jiménez se había convertido en un tema prohibido cerca de Lázaro, por lo que Mateo no se atrevió a decir una sola palabra más.
Lázaro apartó la mirada de la ventana.
—También quiero saber quién la secuestró y cuál fue el motivo.
—Señorito Vargas, ¿qué pasó con los dos guardaespaldas? —preguntó Mateo.
—Si hasta el auto quedó hecho cenizas, ¿crees de verdad que lograron sobrevivir? —respondió Andrés.
Mateo se estremeció, sintiendo el sudor frío empapar su espalda. No sentía ni la menor alegría por haberse salvado; toda su mente estaba ocupada preocupándose por el peligro que el señor Guzmán correría de ahora en adelante.
Al pasar por la Avenida de las Estrellas, la policía ya había acordonado la zona de la explosión con cinta amarilla. El suelo estaba cubierto de escombros y restos del vehículo.
Debido a lo aislado del lugar, no había curiosos alrededor, solo dos o tres policías iluminando la escena con linternas para revisar todo.
Lázaro le pidió a Mateo que se bajara a averiguar algo de información. Poco después, Mateo regresó con el rostro desencajado.
—La explosión del auto no dejó ningún tipo de evidencia, así que no saben qué la causó. La policía lo está catalogando como un accidente.
Durante el trayecto de regreso al hospital, ninguno de los tres habló, pero todos sabían perfectamente que aquello era una trampa mortal y que, además, había sido ejecutada de manera impecable.
Hacer estallar el coche sin dejar rastros era una táctica muy astuta, pero también tremendamente despiadada. ¿Qué nivel de odio había que tener para hacer algo así?
—Solo hay dos posibilidades —analizó Andrés—. La primera es Leonardo Guzmán; la segunda, alguien con quien te hayas cruzado en el mundo de los negocios.
El mundo empresarial era como un campo de batalla; cualquiera que se moviera a ese nivel terminaría ganándose enemigos.
Aunque Lázaro no era de los que destruía por completo a sus oponentes, tampoco les dejaba salidas fáciles, por lo que no era raro que alguien quisiera vengarse.
Lázaro había estado dándole vueltas a esas mismas dos opciones.

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